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Opinión

CRÍTICA – Fuerza Espacial (Primera Temporada)

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Cuando el Presidente Donald Trump (ugh) anunció por primera vez que instalaría una nueva rama militar llamada “Fuerza Espacial”, para asegurarse de que los Estados Unidos tendrían una presencia tangible en el espacio exterior, la mayoría de las reacciones fueron… digamos, negativas. Los memes no se hicieron esperar —el nombre de esta nueva rama ciertamente no ayudó—, y los comentarios sarcásticos eran fáciles de encontrar en prácticamente cualquier red social. Evidentemente se trata de algo de lo que resulta fácil burlarse, por lo que no debería sorprender el que Netflix haya lanzado una serie de comedia llamada —para sorpresa de nadie—, “Fuerza Espacial”.

Lo que sí sorprende (gratamente), es que haya sido creada por Steve Carrell y Greg Daniels, quienes anteriormente trabajaron juntos en la versión americana de “The Office”, una de las series más queridas de los últimos años, y con justa razón. ¿Qué serían capaces de traernos en una nueva colaboración? ¿De qué forma satirizarían la creación de esta “Fuerza Espacial”? ¿Cómo harían que algo que, en la vida real, ya es de por sí bastante absurdo, funcione dentro de una comedia? ¿Se inspirarían en su colaboración anterior, o encontrarían otras referencias? Y más importante, incluso: ¿cómo manejarían las expectativas de los fanáticos y fanáticas de “The Office”?

Pues la última pregunta es la más fácil de contestar: no lo harían. Porque a pesar de tener un equipo creativo similar, y contar con un reparto francamente envidiable, “Fuerza Espacial” no se puede comparar a “The Office”. Y no solo porque el producto final no es igual de satisfactorio y memorable que aquella serie; el estilo de “Fuerza Espacial” es bastante distinto, por lo que hacer comparaciones entre ambas no tiene mucho sentido que digamos. “Fuerza Espacial” no es un mockumentary, y para sorpresa de muchos, no está particularmente interesada en lanzarle chistes, gags y frases astutas al espectador cada tres segundos. “Fuerza Espacial” es una propuesta un poco más tradicional, la cual prefiere concentrarse en el desarrollo de una narrativa coherente a través de diez episodios de media hora, burlándose —muy superficialmente— de la idea de una “Fuerza Espacial”.

Sí; de la idea. Desgraciadamente, ni Daniels ni Carrell parecen haber podido encontrar una razón tangible para mofarse de esta nueva rama militar. Sí, el nombre es absurdo; sí, el hecho de que sus cadetes se llamen “spacemen” u “hombres espaciales” es una idiotez. Pero el hecho de que se dediquen a desarrollar experimentos científicos para mandar a seres humanos al espacio y, más específicamente, para permitirle a un equipo americano el pisar la luna —otra vez— en el año 2024 no tiene nada de ridículo. Y es precisamente por eso que “Fuerza Espacial” parece tener un problema de identidad; quiere ser una sátira, sí, pero por momentos, también quiere que nos tomemos en serio a sus personajes y sus objetivos. Son dos tonos muy distintos que, lamentablemente, no logra balancear con mucho éxito.

Lo cual no quiere decir que “Fuerza Espacial” sea una mala serie, por supuesto. De hecho, tiene muchos elementos recomendables, y en general, se digiere bien; fui capaz de verme los diez episodios de la primera temporada en menos de dos días sin mayores problemas. Pero a la vez, tampoco sentí que haya visto algo particularmente original o memorable. Sé que la primera temporada de “The Office” (versión americana) tampoco fue un éxito rotundo (tuvieron que realizar varios cambios, especialmente en el personaje de Michael Scott, a partir de la segunda temporada, para hacer que el proyecto de verdad llegue a cuajar), por lo que le doy el beneficio de la duda a “Fuerza Espacial”. No obstante, no puedo dejar de pensar que se trata de un concepto con muchísimo potencial, el cual desgraciadamente no ha sido muy bien explotado por Daniels y Carrell.

Los personajes, por ejemplo, parecen vivir en un mundo similar al nuestro, con un presidente americano caprichoso, que publica tonterías en Twitter, quiere ser engreído en su cumpleaños, y deja que su Primera Dama diseñe los uniformes de la “Fuerza Espacial” como si fuese un desfile de modas. Todo esto hubiera sido ridículamente gracioso hace unos diez años, pero como los Estados Unidos ya está viviendo eso en la vida real, el verlo reflejado en la serie no nos dice nada; no es una parodia ni una sátira, simplemente un remedo de lo que ya sucede. Sí, muchos sabemos (espero) que Trump es un mal intento de presidente, pero aparte de eso, no parece que “Fuerza Espacial” esté diciendo mucho más al respecto.

Carrell interpreta al general de cuatro estrellas Mark R. Naird, quien luego de ser promovido, también es convertido en el líder de la nueva “Fuerza Espacial” en Colorado. Por ende, tiene que mudarse a dicho estado junto a su familia; su hija adolescente, Erina (Diana Silvers), y su esposa, Maggie (Lisa Kudrow). Es ahí que termina trabajando con el doctor Adrian Mallory (John Malkovich) y su equipo, para poder cumplir con los objetivos espaciales del gobierno estadounidense. Y como se deben imaginar, tendrán que sobrepasar una multitud de obstáculos, muchos de los cuales están relacionados a la falta de preparación por parte de la gente involucrada en este nuevo programa.

Aparte de los actores ya mencionados, “Fuerza Espacial” cuenta con un reparto secundario de lujo, el cual está algo desperdiciado, lamentablemente. Ben Schwartz (sí, la voz de Sonic el Erizo) interpreta a un desesperante experto en redes sociales; Jimmy O. Yang es Chan, la mano derecha del Doctor Mallory; Tawny Newsome interpreta a Angela Ali, una pilota con aspiraciones a convertirse en astronauta; Don Lake es Brad, el ayudante de Naird; y el gran Fred Willard (Q.E.P.D.) aparece de cuando en cuando como el padre de Naird, quien parece estar sufriendo de demencia. Adicionalmente, Noah Emmerich, Diedrich Bader, Jane Lynch y Patrick Warburton interpretan a los líderes de las otras ramas militares estadounidenses; no tienen mucho qué hacer, pero resaltan durante sus breves apariciones.

No obstante, como se deben imaginar, la verdadera estrella del show es Carrell, y aunque su actuación no es deficiente en lo absoluto, la manera en que el personaje de Naird está construido no ayuda a su trabajo. Durante la primera mitad de la temporada, es presentado como alguien algo racista y terco, un militar con poco criterio que tiene breves momentos de compasión o emotividad. Sin embargo, gracias a un episodio en el que tiene que pasar diez días encerrado en una base lunar simulada, junto a tres otras personas, el personaje sufre un cambio, y se convierte en alguien bastante más empático durante el resto de episodios. Se trata de un cambio que funciona a favor de la serie, pero que igual convierte a Naird en una contradicción andante; a veces astuto y amoroso (especialmente con su hija), y a veces frustrantemente idiota.

El tratamiento de Naird, de hecho, sirve como una buena metáfora para el tono inconsistente de la serie. Por momentos, trata de celebrar lo absurdo, haciendo que sus personajes tomen decisiones ilógicas —¡entrenemos a un chimpancé a la distancia para que repare un satélite!—, mientras que en otros, quiere que el espectador se tome en serio los problemas personales de Naird. Es un balance de tonos que muy pocas películas y series logran obtener, y que acá no funciona del todo, lamentablemente. Eso no quiere decir, por supuesto, que carezca de momentos hilarantes, ni que algunas de las escenas más emotivas no toque el corazón del espectador —el problema es que dichos momentos de éxito vienen con menos frecuencia de lo que esperado, y por ende, convierten a “Fuerza Espacial” en una experiencia entretenida, pero inconsistente.

De los personajes secundarios, sin embargo, quien definitivamente resalta es el Dr Mallory de John Malkovich. Se trata de un personaje que apela a la razón y la ciencia, y cuyas interacciones con Naird, quien parece saber poco o nada sobre sus investigaciones científicas, resultan en los momentos más hilarantes del show. Malkovich se toma a su personaje y a la serie 100% en serio, lo cual, obviamente, hace que su interpretación sea más graciosa. Por otro lado, disfruté también del cuasi-romance entre el Chan de Jimmy O. Yang, y la Capitana Angela Ali de Tawny Newson; logran inyectarle algo de dulzura a un show que, por momentos, se concentra más en los problemas de sus personajes, que en sus éxitos.

Una decisión cuestionable por parte de Carrell y Daniels, sin embargo, es la de caracterizar a la hija de Naird como una adolescente estereotípica y frustrada. Diana Silvers (“Booksmart”) no es una mala actriz, pero el personaje de Erin termina desesperando debido a las malas decisiones que toma, a sus interacciones egoístas con su padre, y a la manera en que, durante varios episodios, interrumpe los desarrollos narrativos más interesantes del show para quejarse de algo. Entiendo que querían humanizar tanto a ella como a Naird con una subtrama enfocada en su relación, pero desgraciadamente no termina de funcionar; la trama principal, y todo lo relacionado a la “Fuerza Espacial”, resulta ser muchísimo más interesante que Erin y sus frustraciones de adolescente arquetípica.

Al final del día, “Fuerza Espacial” termina siendo una mezcla de lo bueno, lo malo y lo feo. El balance general es positivo —con las justas—, pero considerando el talento involucrado, tanto frente como detrás de las cámaras, no puedo evitar sentirme algo decepcionado con lo inconsistente que es esta primera temporada. Sí, tiene gags que funcionan, y sí, personajes como el Doctor Mallory de John Malkovich son memorables y muy entretenidos de ver en pantalla, pero ni Daniels ni Carrell parecen haber estado muy seguros de lo que querían parodiar. Hasta me atrevería a decir que, quizás, no querían parodiar nada, y simplemente querían realizar un comentario muy ligero sobre lo absurda que sonaba la idea de una “Fuerza Espacial”, pero también, de lo bien que podría (en teoría) funcionar. Combinen esto con un tono irregular, y el resultado en una serie entretenida, pero poco ambiciosa. Espero que “Fuerza Espacial” siga el camino de “The Office”, y que sus creadores corrijan la mayoría de estos defectos durante la segunda temporada; ¡valdría mucho la pena!

“Fuerza Espacial” está disponible en Netflix.

Cofundador y editor en NoEsEnSerie.com. Bachiller en Comunicación Audiovisual por la PUCP, y miembro de la APRECI—Asociación de Prensa Cinematográfica. Integra el staff de la revista MasGamers, las webs de Nintendo Pe y Fans de Zelda Perú, el portal web Cinencuentro, y el portal de cine peruano FotografiaCalato.com. Adicionalmente, es YouTuber para el canal Aprieta Start, y formó parte del staff de prensa del 18 Festival de Cine de Lima. También trabaja como fotógrafo para Star Wars Fan Club Perú. Desde enero del 2012 publica críticas y comentarios de cine en el blog Proyectando Ideas (el cual forma parte de la Asociación de Blogs de Cine). Crítico oficial de RottenTomatoes.com. Cinéfilo y seriómano empedernido.

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CRÍTICA: Astérix y Obélix: el combate de los jefes (miniserie)

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Basada en el cómic del mismo nombre, Astérix y Obélix: el combate de los jefes es de las mejores adaptaciones de las aventuras del héroe galo a la pantalla chica que haya visto. Lo cual, honestamente, no debería sorprender, considerando que la serie trae de vuelta al director-guionista Alain Chabat, cineasta responsable de la mejor película de acción en vivo del personaje, Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (recién reestrenada como parte del Festival de Cine Francés en Lima, dicho sea de paso). Si aquella cinta es la mejor representación de Astérix y compañía con actores de carne y hueso, Astérix y Obélix: el combate de los jefes es, pues, de lo mejor que se ha hecho en animación con este universo hasta el momento.

Ahora bien, tomen en cuenta que Astérix y Obélix: el combate de los jefes consta únicamente de cinco episodios, lo cual puede percibirse como muy poco. Pero no se preocupen, porque son suficientes, felizmente, para narrar una trama basada, nuevamente, en el cómic de Goscinny y Uderzo, pero con algunas novedades que serán apreciadas por los fanáticos de estos personajes. No me esperaba, por ejemplo, que tengamos todo un episodio dedicado a Astérix y Obélix de niños, que nos muestra, además, cómo el segundo se cayó en una marmita de Poción Mágica, lo cual terminó por otorgarle poderes de súper fuerza permanentes.


Este tipo de adiciones no son gratuitas, felizmente. Todo el punto de esta serie está en retratar la amistad de nuestros dos protagonistas de la forma más emotiva posible, lo cual, por supuesto, ayuda a que la narrativa se desarrolle con más potencia. Pero me adelanto. Por si no lo sabían, las aventuras de Astérix se llevan a cabo durante el apogeo del Imperio Romano y el gobierno de Julio César (voz de Laurent Lafitte), quien ha logrado conquistar toda la Galia. ¿Toda? ¡No! Queda un pueblito de irreductibles galos que se niegan a ser conquistados y que, gracias a la Poción Mágica del Druida Panoramix (Thierry Lhermitte), pueden enfrentarse a sus enemigos sin ser derrotados… hasta el momento.

Porque, lamentablemente, César parece haber encontrado una solución a sus problemas. Gracias a la inteligencia de la joven Métadata (Anaïs Demoustier), sobrina del legionario Fastanefurius (Fred Testot), han desarrollado un nuevo plan: utilizar la ley de los galos y, específicamente, la tradición del Combate de los Jefes, para que un jefe galo fiel a los romanos rete al jefe de la aldea gala, Abraracurcix (Grégoire Ludig), y por fin puedan hacerse de dicho bastión rebelde. Para eso, tienen que deshacerse de Panoramix de esa forma los rebeldes no contarán con la poción y por ende, serán incapaces de ganar el combate.


Eso último resulta… a medias. Porque luego de que a Panoramix le cae un menhir encima, en vez de morir, simplemente pierde la memoria y se vuelve un poco loco. Lo cual evidentemente es un problema, y motiva a nuestros héroes, el pequeño Astérix (Alain Chabat), y el gigante y súper fuerte Obélix (Gilles Lellouche) a encontrar una solución para su problema. Pero esto, evidentemente, termina siendo más difícil de resolver de lo esperado, especialmente teniendo en cuenta que el César ha encontrado rápidamente a un jefe galo que manipular: Aplusbégalix (Grégory Gadebois) se muere por ser romano (a pesar de ser originalmente galo), y no tiene ningún problema con participar del Combate de los Jefes.

Nuevamente: los fans de los cómics la pasarán bien con Astérix y Obélix: el combate de los jefes justamente por lo bien que adapta la historia original, pero los espectadores neófitos también se vacilarán gracias a lo entretenida que es la serie. Los episodios son breves, rápidos y enérgicos, los chistes son frecuentes y, como debe ser, los juegos de palabras no podrían ser más graciosos. ¿Cómo no dejarme cautivar por una serie que incluye a personajes romanos con nombres como Métadata, Mileycirus o Annabarbera, o un chiste que vincula la palabra Netflix con el sufijo con el que cuentan todos los nombres de los galos? (Incluso hay un personaje que pasa de llamarse Unmillóndevistus a Unmillóndeclix… ¡ja!) Es todo muy entretenido y absurdo.


Todo esto es apoyado, felizmente, por animación de muy buena calidad. Los personajes lucen tal y como los recordamos, y se mueven todos de forma caricaturesca y enérgica. Los ambientes están suficientemente detallados, las escenas de combate son satisfactorias, y como no podía ser de otra forma, Chabat se deleita en incluir parodias inesperadas. Es así que terminamos con una breve sátira del póster oficial de Star Wars: Los Últimos Jedi, una referencia a la pelea final de Avengers: Endgame, y una representación colorida de lo que significa toma la Poción Mágica. Además, hay toques totalmente excéntricos, como cuando un demente Panoramix alucina con su propio show de marionetas (¿por qué no?), o cuando se abre todo un parque temático alrededor del coliseo donde se lleva a cabo el Combate de los Jefes (con montañas rusas y todo).

Es así, pues, que la serie animada de Astérix y Obélix: el combate de los jefes logra manejar el mismo tono absurdo y lleno de chistes ridículos de los cómics originales, mezclándolo con juegos de palabras geniales, personajes secundarios muy graciosos, una animación de gran calidad, nuevas parodias, y personajes que destacan por lo bien que han sido construidos (resaltan Métadata, una romana inesperadamente gentil, y la amistad entre Astérix y Obélix, por supuesto). Como fan de estos personajes, la pasé muy bien con Astérix y Obélix: el combate de los jefes. Pero estoy seguro de que aquellos que poco sepan de este universo igual se divertirán con la serie. ¡Espero que Netflix y Chabat se animen a sacar una nueva temporada basada en otro de los cómics!

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CRÍTICA: Ted (Temporada 2)

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Si la primera temporada de la serie de Ted fue una experiencia hilarante y, en ciertos momentos, superior a las películas (o al menos a la segunda), esta nueva temporada no hace más que consolidar todo lo que se estableció antes. En vez de siete episodios, tenemos ocho. En vez de simplemente mezclar humor absurdo con personajes reconocibles, tenemos historias increíblemente graciosas, sorprendentemente emotivas y que no tienen miedo de tocar temas algo fuertes. Y aunque —lamentablemente— Seth MacFarlane ya ha confirmado que la tercera temporada probablemente jamás saldrá, el show nos deja con la esperanza de que más aventuras podrían narrarse con estas versiones de sus protagonistas. ¡Solo queda cruzar los dedos!

La segunda temporada de Ted comienza poco después de la primera y no ha cambiado mucho. Johnny (Max Burkholder) sigue siendo virgen, sigue sin tener novia, y esta vez, está en su último año de colegio. Ted (voz de MacFarlane) sigue siendo un osito de peluche sarcástico y grosero, pero de buen corazón. Blaire (Giorgia Whigham) sigue viviendo en la casa de Johnny, y los padres de este último, la amabilísima Susan (Alanna Ubach) y el súper conservador veterano de Vietnam Matty (Scott Grimes) mantienen la misma relación de siempre. Incluso más que la temporada anterior, esta se siente como una serie de aventuras inconexas, sin ninguna narrativa que lo vincule todo. ¿Pero saben qué? Ese no es un problema en absoluto.


Porque al final del día, uno ve una serie como Ted para matarse de risa, y eso es precisamente lo que sucede acá. Con los personajes ya bien establecidos, al igual que sus relaciones, la temporada hace un excelente trabajo desarrollando momentos de humor absurdo, relevante o hasta ligeramente ofensivo, los cuales, sin embargo, nunca se perciben como algo hecho únicamente para molestar a ciertos espectadores. Cuando alguien les diga que ya no se puede bromear sobre nada (lo cual, evidentemente, es mentira), les sugiero que le enseñen esta serie. Ted no tiene miedo de ser grosera, pero a la vez nunca se siente como una producción malintencionada, lo que la vuelve divertida en lugar de frustrante.

Consideren, además, que buena parte del humor se deriva de las diferencias de opinión entre personajes como Matty (que representa el machismo, sexismo, racismo y ultraconservadurismo), Susan (una ama de casa tradicional pero muy gentil y hacendosa), y Blaire (la progresista rebelde y queer, siempre consciente de los problemas del mundo). Si Ted parece tomar partido, evidentemente es porque está del lado de Blaire, pero nada de eso convierte las discusiones entre los tres personajes (con Johnny y Ted de espectadores, básicamente) en algo tedioso. Más bien, cada escena en el comedor de la casa resulta en chistes verdaderamente hilarantes. ¿Qué otra serie se tomaría tanto tiempo hablando sobre lo gay (no no gay) que resulta comer huevos antes, durante y después de ciertos horarios? Es todo tan ridículo que resulta divertido y jamás ofensivo.


Adicionalmente, por más que la temporada consista únicamente en ocho episodios (en gran parte, me imagino, por lo cara que resulta realizar el show), igual cuenta con historias absolutamente memorables. De entre ellas destacan el episodio dedicado enteramente a una campaña de Dungeon and Dragons (súper fiel a las reales, dicho sea de paso); el capítulo donde Susan va a la cárcel (¡!) y, con su bondad, logra hacer de aquel lugar un sitio mejor; y por supuesto, la escena (algo controvertida) en la que MacFarlane interpreta a Bill Clinton con un poco de ayuda del DeepFake. La escena en sí es muy graciosa, pero entiendo por qué algunos espectadores podrían encontrar que Clinton luce algo… perturbador.

Podría listar más momentos chistosos de la temporada, pero lo mejor que pueden hacer es ir a Universal Plus (o, me imagino, alguna web alternativa) y ver Ted. Contrario a lo que se podrían haber imaginado, se trata de una serie tanto graciosa como emotiva, donde la mayoría de personajes brillan, contrastando perfectamente con el osito del título. Blaire tiene más que hacer acá que en la temporada anterior (y encima es partícipe de un episodio sobre el aborto, el cual se siente tanto relevante como importante), Susan es un pan de dios, y apariciones como las del Chico Jesús (que en esta ocasión ayuda a Johnny dándole una moneda para que use una máquina expendedora) terminan de cementar a Ted como una serie ridículamente memorable.


Al igual que en la temporada anterior, además, las actuaciones son todas excelentes, y ayudan a convertir a los personajes en íconos de la comedia. Max Burkholder sigue teniendo el trabajo difícil de interactuar con un oso digital, y lo hace perfectamente (me encanta, además, y también me da miedo, pensar que se supone que eventualmente tendrá que convertirse en Mark Wahlberg… ugh). Alanna Ubach es la ama de casa perfecta, convirtiendo a Susan en uno de los personajes más adorables y dulces de la televisión. Scott Grimes es desagradable e intenso como Matty, pero no por eso lo caricaturiza (consideren el episodio dedicado a sus ataques cardíacos). La Blaire de Giorgia Whigham sigue siendo la única voz de la razón en el show, y por supuesto, la presencia de Ted es invaluable (su mejor momento: cuando tiene un amorío con una mujer casada con un millonario).

Una pena, pues, que Ted no vaya a tener una tercera temporada. Lo que tenemos acá es una serie que combina la comedia ridícula, el humor vulgar y sexual, los personajes memorables y bien construidos, algo de emotividad y una pizca de comentario social y político, para generar risas, llantos y, bueno… más risas. Esta segunda temporada me gustó incluso más que la primera, y por lo que he estado viendo en redes, no creo ser el único. En un mundo perfecto, el show debería continuar, por más que la narración en off de Ian McKellen en el último episodio sea una despedida perfecta. La pasé muy bien con Ted, e igual seguiré cruzando los dedos para que tanto Universal como MacFarlane se animen a continuar la historia de este osito de peluche y su disfuncional familia humana.

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CRÍTICA – Ted (Temporada 1)

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Impresionante lo que Seth MacFarlane ha hecho con la serie de Ted, especialmente considerando lo bien recibidas que fueron las dos películas protagonizadas por Mark Wahlberg. Porque, a pesar de aquellas producciones ciertamente dejaron huella y son bien recordadas por una buena cantidad de espectadores, muchos argumentan hoy que el show es incluso mejor (y no solo porque Wahlberg brilla por su ausencia). Lo que tenemos acá es una serie consistentemente graciosa, sorprendentemente dulce y por momentos hasta sorprendente, que debería gustarle tanto a los fanáticos del humor arriesgado como a quienes simplemente estén buscando una buena historia.

La primera temporada de Ted se lleva a cabo en 1993 y tiene como protagonistas a un Johnny Bennett de 16 años (un excelente Max Burkholder) y su oso de peluche con vida, Ted (voz de Seth MacFarlane). Este último vive ahora en casa luego de haber pasado por un breve periodo de fama en Hollywood, consciente de que todo el mundo se aburrió de la novedad de tener a un oso de peluche que habla y tiene consciencia. Es así que el show se centra en la vida de estos dos en casa junto a los padres de John, el problemático Matty (Scott Grimes) y la gentil Susan (Alanna Ubach), y a la prima Blaire (Giorgia Whigham), quien va a la universidad.

La trama comienza de verdad, sin embargo, cuando la familia se da cuenta de que Ted tiene que hacer algo por la vida, y por ende es enviado al colegio junto a Johnny, donde el dúo se tiene que enfrentar a un bully llamado Clive (Jack Seavor McDonald), y en general, tratar de sobrevivir a la vida adolescente. Felizmente, Ted logra ser lo suficientemente variado como serie como para incluir diferentes conflictos y temas importantes para nuestros protagonistas, algunos relacionados a la droga (acá es cuando nos enteramos de cómo Johnny y Ted se convirtieron en fanáticos de la hierba), otros más a sus intereses y varios, incluso, vinculados a los problemas propios de la adolescencia (como los desamores, o el miedo a seguir siendo virgen).

Lo mejor de Ted, pues, es que se siente como una historia que pertenece al mismo universo de las películas, pero que a la vez, logra obtener una identidad propia, más vintage y con varias referencias a lo que era la vida de la gente común y corriente en los 90s. ¿Johnny y Ted quieren ver porno? Pues tienen que encontrar una manera de alquilar películas para adultos en la videotienda de su barrio. ¿No tienen nada que hacer? Se ponen a leer revistas o jugar con su GameBoy. ¿Quieren conocer gente o conseguir contactos? Lo tienen que hacer a la antigua, ya que no hay Internet y mucho menos redes sociales. Hasta cierto punto, Ted se siente como una serie un poco a la antigua, que de verdad entiende cómo era la vida para los jóvenes hace más de treinta años.

Siendo el principal diferencial, por supuesto, el que el show tenga como coprotagonista a un oso de peluche digital. Es verdaderamente impresionante el trabajo que MacFarlane y su equipo de VFX han hecho para convertir a Ted en un personaje que se ve real, se siente real, e interactúa de manera completamente creíble con el resto del reparto. Ted no cuenta con un solo momento poco convincente o de calidad visual decepcionante. Obviamente los personajes humanos son importantes, pero si la serie funciona y da risa y nunca llama la atención a sí misma de forma negativa, es justamente porque Ted en sí funciona.

Ahora bien, no podemos dejar de destacar el trabajo del reparto de carne y hueso. Max Burkholder es el Johnny perfecto: gracioso, medio inocentón —tanto así que a veces se deja influenciar demasiado por Ted— y en general, totalmente creíble como la contraparte perfecta de Ted. De hecho, Burkholder es quien cuenta con el trabajo más retador de la serie, ya que tiene que interactuar con la nada la mayor parte del tiempo, conversando con alguien que no está en el set. Por su parte, MacFarlane trae de vuelta al Ted que vimos en las películas sin mayores problemas, dándole vida al personaje del título solo con su voz, y convirtiéndolo en una figura que contrasta hilarantemente con los humanos.

Quienes se roban el show, sin embargo, son los otros miembros de la familia de Johnny. Alanna Ubach está increíble como Susan, interpretándola, al menos de forma superficial, como la estereotípica madre de familia de los 80 y 90: totalmente sumisa al marido, y siempre pendiente de lo que sucede en casa. Pero poco a poco, Susan va demostrando tener una mayor dimensión, y es Ubach quien logra convertirla tanto en un personaje redondo, como en una de las presencias más graciosas de la serie (chequeen cómo pronuncia palabras como “Indian” o “karaoke”). Por otro lado, Scott Grimes también destaca como Matty, la representación perfecta de la masculinidad tradicional (y ligeramente tóxica) que seguramente muchos reconocerán. Y Giorgia Whigham, como Blaire, representa la voz de la razón: una perspectiva liberal y queer del mundo que contrasta perfectamente (y divertidamente) con las visiones más bien conservadoras de Susan y Matty.

Porque al final del día, si vale la pena recomendar esta primera temporada de Ted, es justamente porque es muy graciosa. Es graciosa por cómo utiliza al personaje de Ted en contraste con los humanos menos exagerados; por cómo inserta momentos aparentemente aleatorios o de humor absurdo (mi favorito: cuando un chico le da un consejo a John en el baño del colegio, y este le pregunta: “¿Jesús?”); y por cómo logra incluir algunas lecciones de vida relevantes, mjuchas de ellas relacionadas a la tolerancia y la diversidad, de forma hilarante y jamás forzada. No me tomen a mal: Ted es una serie vulgar y ridícula (a propósito), pero igual han logrado darle un corazón palpitante, lo cual ya de por sí debería considerarse como un logro.

La pasé muy bien con la primera temporada de Ted. Considero que es igual de divertida que la primera película, con la ventaja, por supuesto, de que Mark Wahlberg ha sido reemplazado por un chico más bien simpático. La mayoría de gags funcionan; el tono absurdo hace que el show en general se sienta como un producto redondo (la narración en off de Ian McKellen complementa muy bien a la de Patrick Stewart en las películas), y los personajes son sorprendentemente memorables, especialmente los de los padres de John. Ted me terminó por cautivar, por lo que no aguanto a ver la segunda (y quizás última) temporada. Por lo que he podido leer, se supone que es incluso mejor que esta; ¡ojalá ese sea el caso!

NOTA: Ted está en el servicio de streaming Peacock en Estados Unidos y en Latinoamérica… en Universal Plus. ¡Espero que alguien por acá tenga Universal Plus!

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