Regresa el gran homenaje de los hermanos Ross y Matt Duffer a las cintas ochenteras y ahora, la pandilla conformada por Mike (Finn Wolfhard), el payaso Dustin (Gaten Matarazzo), el siempre pragmático Lucas (Caleb McLaughlin) y el pequeño Will (Noah Schnapp) – rescatado de la dimensión desconocida de Al Revés y recuperándose del trauma – deben enfrentarse a un reto aún mayor, completamente ajeno a los monstruos que quieren invadirnos; eso es sencillo comparado a la naciente pubertad y el exceso de hormonas.
Esta secuela al éxito del año pasado funciona precisamente por lo entrañable de sus personajes, todos, de alguna manera u otra, creciendo como los niños y jóvenes que son. Están en la edad en la que las niñas dejan de ser compañeras de juegos (o en su defecto, un fastidio al que hay que evitar) para convertirse en algo más. La llegada de Max (Sadie Sink) crea un triángulo amoroso entre Caleb – tal vez el más maduro de los amigos – y el siempre simpático Dustin, que está más preocupado del bicho que encuentra en el tacho de la basura, una amistad entre niño y extraterrestre que recuerda otro clásico de Spielberg. Mike, por su parte, recuerda con cariño a la extraviada Eleven (Millie Bobby Brown), quien tiene sus propios demonios por superar.
Hasta para los adolescentes es época de cambios: Nancy (Natalia Dyer) cuestiona su relación con Steve (Joe Keery), quien se da cuenta que su reinado como el Rey de la Secundaria está terminando. La suya es tal vez la mejor transformación: el patán del colegio es ahora una suerte de hermano mayor y mentor de estos chiquillos, el Josh Brolin de estos modernos Goonies. Stranger Things 2 es una historia de aprendizaje, un coming-of-age cruzado con una cinta de monstruos, una aventura de tintes apocalipticos que aún así no olvida que sus protagonistas son niños. Es por la química y gracia de su reparto que esta nueva temporada funciona tan bien.
Al igual que la primera parte, es un afectuoso homenaje a las cintas ochenteras con las que buena parte del público creció, que van desde la mencionada Goonies – Sean Astin reaparece mucho mayor, pero sin perder su entusiasmo por encontrar tesoros – hasta Aliens de James Cameron – el que Paul Reiser, el odiado Burke de aquel clásico, interprete a una figura de autoridad ambigua no es coincidencia – y pasando por cuanto clásico uno pueda nombrar. Gran parte de la gracia de estos capítulos es descubrir las referencias, por lo que es mejor no mencionarlas; eso daría para un artículo aparte.
Para los Duffer, esto no es un mero ejercicio de nostalgia: también quieren contar una buena historia y aquí lo logran expandiendo más lo que espera a nuestros heroés en Al Revés, una dimensión cercana a los horrores innombrables de H.P. Lovecraft. Todo esto sin perder el buen humor, personajes entrañables y gran cariño por toda una época de cine. Salvo algunos reveses – enviar a Eleven a otra ciudad para descubrir su pasado y recibir un makeover a lo Joan Jett frena la historia en su momento más crucial – Stranger Things 2 continua lo planteado en su anterior temporada y deja a uno con ganas de más; particularmente para los que en su momento rayaron con todas sus referencias.
Y llegamos al final. ¿Será el final de la serie en general? ¿O será como la última vez, que el buen Ted y compañía descansarán un rato para luego regresar? El desenlace de este episodio nos sugiere un futuro brillante tanto para él como para Alice y Beard y Rebecca y todo el mundo, por lo que no me fastidiaría ver una quinta temporada. Pero a la vez, si este llegara a ser el final del show (ahora sí de verdad), tampoco me molestaría. La cuarta temporada de Ted Lasso no ha sido la mejor de todas, pero especialmente con este desenlace, al menos ha logrado justificar su propia existencia; y, de paso (y para variar), hacer llorar a su público.
El episodio, pues, termina por resolver todos los enredos y conflictos antes presentados, sin dejar a nadie mal parado –no, ni siquiera a la maldita de Zelda. Como era de esperarse, esta última se revela como la que le estuvo comprando las acciones de Richmond a todo el mundo, pero felizmente, tanto Rebecca como Leslie tenían un as bajo la manga. Ted logra conectar mejor con su hijo al revelarle la verdad de cómo murió su abuelo. Y hablando de muerte, todo el mundo tiene que lidiar con el fallecimiento de Mae del episodio pasado, lo cual, curiosamente, trae consigo buenas consecuencias tanto para el club (y el conflicto con Zelda) como para los tres fieles accionistas y asiduos clientes del pub, quienes se convierten en sus nuevos dueños.
¿Y qué hay de Roy y Keeley? Luego de pasar por algunos momentos (quizás no tan) tensos, se dan cuenta de que están listos para ser padres, con el primero pidiendo una nueva junta de los Diamond Dogs para que sus amigos lo ayuden con sus inseguridades. Y luego de tantos cambios y sorpresas, Rebecca por fin decide casarse, dándose cuenta de que no le tiene miedo al matrimonio o al compromiso; solo al haber estado antes con la persona incorrecta. ¿Se siente todo esto súper conveniente y fresa? Pues sí. Pero a la vez funciona como para cerrarlo absolutamente todo y dejar al espectador en lágrimas, esto último, cortesía de una narración en off particularmente emotiva por parte de Mae.
Ha sido un deleite, pues, tener a Ted Lasso de vuelta en nuestras pantallas. No ha sido una temporada perfecta, pero entre sus nuevos (y memorables) personajes femeninos y arcos interesantemente maduros para los personajes clásicos, me terminó por convencer. Y bueno, ayuda el que literalmente hayan dejado lo mejor para el final. Veremos si llega una quinta temporada; pase lo que pase, al menos podemos decir que ha sido una buena racha de cuatro temporadas.
El noveno episodio de la cuarta temporada de Ted Lasso es de emociones agridulces y novedades impactantes. Después de todo, ya estamos llegando al final, por lo que tiene sentido que la serie, por fin, comience a desenredar algunos nudos, a poner a sus protagonistas en situaciones difíciles, pero también a obligarlos a triunfar, aunque sea por un ratito. En esos sentidos, el episodio funciona muy bien a nivel emocional, permitiéndole al espectador sentir la euforia de la victoria, pero también las consecuencias (quizás no tan positivas) de algunas decisiones o eventos.
Esta vez, tenemos al equipo femenino de Richmond viajando a Bristol para un partido decisivo: si no gana, no será promocionado a la liga. Lamentablemente, luego de desmayarse en un partido previo, Keeley no puede viajar; resulta, pues, que está embarazada, noticia que la tiene muy tensa, y que tiene miedo de contarle a Roy. Por otro lado, Gemma está empecinada en volver a las canchas; Beard se ha puesto pelo (Dios mío…); y la gran Mae Green (Annette Badland), dueña del pub al que van todos los personajes, es invitada por Ted para acompañarlos en el bus hasta Bristol. Después de todo, necesitan todo el apoyo posible para ganar.
Acá incluyo spoilers, así que tiene sentido decir que sí, efectivamente, las chicas ganan el partido, y debido a varias razones. Primero porque la arquera Quinn (Jude Mack) por fin se anima a usar guantes; porque Gemma entra un rato a la cancha para meter un gol, y finalmente, porque por fin le dan la oportunidad a la calientabancas de Shannon (Shannon Hayes) de jugar en el partido, lo cual resulta en un gol más. Pero como no todo puede ser felicidad, a la par nos enteramos de quién ha estado comprando las acciones de Richmond: nada más y nada menos que Zelda (Tracey Ullman), lo cual, valgan verdades, no es del todo chocante, pero seguro tendrá repercusiones en el episodio final. Pero lo peor es que, al final del partido, vemos que Mae ha caído, y aunque no escuchamos lo que Rebecca le dice a Ted, podemos asumir que la fanática más antigua de Richmond ha fallecido.
Habrá que esperar a la próxima semana a ver qué sucede. Pero con un solo episodio más de historia, creo que esta cuarta temporada de Ted Lasso tendrá que hacer bastante para concluir de forma satisfactoria (un algo agridulce). A menos, claro, que una quinta temporada sea anunciada inmediatamente…
Más que los otros episodios de esta temporada, el octavo se concentra en el drama, dejando la comedia un poco de lado para permitirles crecer a sus personajes. Y cuando hablo de los personajes, me refiero a los secundarios, ya que fuera de un excelente discurso para las chicas, Ted (Jason Sudeikis) no aparece mucho acá –y Beard (Brendan Hunt) tampoco (aunque vamos viendo cómo va lidiando con su crisis de la mediana edad, primero con los ojos azules el episodio pasado, y al parecer, ahora injertándose pelo). Es así que terminamos con el episodio más largo de la temporada hasta ahora, que aprovecha al máximo su duración para avanzar con la historia.
Para este crítico, la trama principal es la de Alice (Tanya Reynolds) y Gemma (Abbie Hern). La segunda sufre una lesión en un partido a la vez que le ofrecen un trabajo fuera del mundo del fútbol, lo cual la hace dudar sobre su futuro en Richmond. Y la primera se dedica el episodio entero a lidiar con esto, finalmente dándose cuenta del valor que tiene su jugadora no solo para ella sino también para el resto del equipo. Mientras tanto, Roy Kent (Brett Goldstein) se rehúsa a ir a su homenaje, y cuando es obligado por Keeley (Juno Temple), se ve involucrado en una serie de situaciones absurdas que, finalmente, le permiten darse cuenta de que sí valdría la pena darle una nueva oportunidad a una relación con la chica.
Fuera de aquellas tramas, tenemos a Leslie (Jeremy Swift) investigando un repentino misterio: resulta que un montón de gente ha estado vendiendo sus acciones en Richmond, lo cual parece ser parte de una conspiración contra el equipo. Y aunque vemos a otros personajes como Rebecca (Hannah Waddingham) o el resto de jugadoras del equipo, el episodio termina concentrándose en estas dos tramas principales y la secundaria… para bien. Porque, fuera de un par de gags que no funcionan y momentos caricaturescos que van en contra del tono más bien serio de esta semana (como cuando Roy rompe el sunroof de su carro y de alguna forma logra que Keeley salga por ahí), el octavo episodio de esta temporada de Ted Lasso logra atar varios nudos, completar ciertas subtramas y hacer crecer a sus personajes. No me reí mucho, pero sentí bastante; no hay muchas quejas.