Opinión
CRÍTICA – El Último Baile (serie documental)
Publicado
hace 6 añosel
No soy un fanático de los deportes —en un país donde el fútbol parece estar en la mente de todos, a mí nunca me interesó en lo más mínimo. Y un deporte como el básquetbol, que nunca ha recibido demasiada atención en el Perú, siempre ha sido casi inexistente para mí. Sin embargo, “El Último Baile” está tan bien hecho, y resulta tan entretenido, que incluso un “hereje” como yo lo ha podido disfrutar. Son diez episodios expertamente construidos, que consisten de diferentes entrevistas con súper estrellas de la NBA, así como sus ejecutivos, entrenadoras y más. Y aunque se supone que se concentra, principalmente, en la temporada de 1997 y 1998 de los Chicago Bulls, acá la verdadera estrella del show —así como fue, también, la verdadera estrella del equipo— es el legendario Michael Jordan.
Cada episodio maneja dos líneas narrativas en paralelo. La principal, y la que sirve como punto de referencia para el documental entero, se lleva a cabo en la anteriormente mencionada temporada de 1997 y 1998, en donde Jordan estaba considerando retirarse por segunda vez, y donde habían otros problemas con los Chicago Bulls. La secundaria nos hace retroceder varios años, comenzando a finales de los 80s, para enseñarnos cómo que fue Jordan llegó al equipo, y avanzando, capítulo tras capítulo, para mostrarnos la trayectoria del mejor jugador de basquetbol que la NBA jamás haya tenido. Por supuesto, el foco no está enteramente en Jordan —hay episodios que se concentran en la carrera de Scottie Pippen, por ejemplo, o en las excentricidades de Dennis Rodman—, pero no hay duda de que él es la razón principal por la que mucha gente terminará viendo el producto final. Y con justa razón.

Puede argumentarse que “El Último Baile” es una serie documental sobre básquetbol y solamente sobre básquetbol —es decir, que no es tan profunda como otros productos de similar corte—, pero considerando lo bien que funcionó para su servidor, alguien que sabía poco o nada sobre el deporte, creo que se puede argumentar que el show tiene algo más. Resulta fascinante seguir la trayectoria de Jordan —los altibajos, los partidos más importantes, sus interacciones con otros jugadores, sus relaciones con marcas como Nike—, y el documental ciertamente hace un buen trabajo a la hora de desarrollarlo como un ser humano con falencias… algo endiosado, sí, e inmensamente talentoso, pero no perfecto.
Algunos episodios resaltan lo duro que era con otros jugadores, por ejemplo —algunos hasta se atreven a llamarlo bully. Pero tampoco se puede negar que sus métodos traían consigo excelentes resultados, motivando al equipo para ganar varios campeonatos año tras año, resaltando como EL equipo de básquetbol de los 90s. Por otro lado, “El Último Baile” también tiene mucho qué decir sobre la relación de Jordan con su padre, alguien que estuvo a su lado en casi todos los partidos importantes, y que se fue de este mundo demasiado rápido, debido a trágicas circunstancias. Sí, sí, se puede decir que “El Último Baile” está algo sesgado hacia Jordan —luego del estreno de los diez episodios, Pippen se quejó de que el producto final lo hacía quedar mal, algo que no esperaba ver mientras grababa las entrevistas—, pero creo que hay suficiente humanización acá como para justificar algunas de las secciones más exageradas del documental.
El director Jason Hehir utiliza dos recursos principales para desarrollar la narrativa del documental: imágenes de archivo, y entrevistas o testimoniales grabados recientemente. Felizmente, y a diferencia de otros documentales similares, pudo conseguir a la gente más relevante para esta historia, por lo que uno jamás siente que le faltó alguien. Las entrevistas con Scottie Pippen y, particularmente ahora, Kobe Bryant y David Stern, terminan siendo las más interesantes y por momentos emotivas. Y en las secciones donde quiere resaltar la importancia de los Bulls y de Jordan en la cultura popular, logra entrevistar a figuras importantes como Barack Obama, Bill Clinton o Magic Johnson. Sí, a veces da la impresión que pudieron haber dicho más —el material eliminado debe ser fascinante—, pero no por eso sus contribuciones dejan de ser importantes.

No obstante, estoy seguro que muchos espectadores terminarán viendo “El Último Baile” principalmente por las entrevistas con Jordan. La manera en que Hehir trata a su estrella principal funciona para extraerle algunas respuestas interesantes —muchas de ellas algo “suaves”, pero otras inesperadamente honestas. Da gusto verlo hablar sobre su padre, por ejemplo, o sobre su experiencia en “Space Jam” (sí, entrevistan brevemente al director de la película, pero igual me hubiese gustado que ahonden más en eso), pero es cuando le entregan una tablet y le enseñan extractos de otras entrevistas para el documental, donde Jordan logra demostrar reacciones más honestas, y por ende, contestar con respuestas más verosímiles. Jordan siempre fue una persona privada, por lo que el hecho de que hayan conseguido hacer que aparezca tanto acá —y hablando sobre temas controversiales, como su supuesta adicción a las apuestas, su breve paso por el beisbol, o las teorías de conspiración inventadas sobre él— ya es todo un logro.
Las imágenes de archivo, por otro lado, logran darle una autenticidad palpable a “El Último Baile” —especialmente gracias a que todo un equipo profesional de documental pudo seguir a Jordan y a su equipo, de manera oficial y consensuada, durante la temporada de 1997 y 1998. Esto, mezclado con varias imágenes de los partidos de los Bulls, convierten a la serie en una experiencia extremadamente entretenida, haciendo que el espectador se sienta como una “mosca en la pared”, cercano a ciertos eventos importantes para la carrera de estos jugadores. Además —y esto viene de alguien a quien hasta hace poco no le interesaba el básquetbol—, resulta increíblemente emocionante ver a Jordan moverse en la cancha; especialmente cuando logra realizar tiros de tres puntos pocos segundos antes de terminar un partido.

Como mencioné líneas arriba, se puede argumentar que “El Último Baile” es una serie documental principalmente sobre básquetbol —pero al humanizar (parcialmente) a su estrella, también logra tocar temas sobre el éxito, la fama, la residencia, la humillación y el dolor. Es un documental sobre el rol de Jordan en el éxito de los Bulls, pero también sobre sus compañeros, y la manera en que lograron trabajar junto con él para convertir al equipo en uno de los más famosos y exitosos de la historia de la NBA. Sí, me hubiese gustado que hablen más sobre la marca de Michael Jordan (solo le dedican parte de un episodio a su contrato con Nike y la creación de las famosas zapatillas Air Jordan, por ejemplo, y como se mencionó antes, me quedé con ganas de saber más sobre su experiencia en “Space Jam”), pero “El Último Baile” está más interesado en el deporte que en otra cosa. Es bueno que se concentre en un tema en específico, en todo caso; le permite tener tanto una estructura como un tono consistentes.
“El Último Baile” es una celebración de Michael Jordan y del equipo de los Bulls en los años 90, sí, pero también es una exploración de su éxito, y de todos los sacrificios que tuvieron que hacer, para poder salir adelante. Se podría argumentar que pudieron haberle realizado preguntas más incisivas a Jordan, o que de repente hay momentos donde lo endiosan demasiado, romantizando sus técnicas de motivación más brutales en vez de criticarlas. Pero incluso si uno toma en cuenta dichos defectos, “El Último Baile” termina siendo una experiencia inmensamente entretenida, y una cápsula de tiempo para los años 90. Incluso si, como yo, no son gente deportiva, es muy probable que disfruten de “El Último Baile”. Al menos, los ayudará a apreciar el esfuerzo y la dedicación que le inyectan los atletas más importantes del mundo a su trabajo.

“El Último Baile” está disponible en Netflix.
Cofundador y editor en NoEsEnSerie.com. Bachiller en Comunicación Audiovisual por la PUCP, y miembro de la APRECI—Asociación de Prensa Cinematográfica. Integra el staff de la revista MasGamers, las webs de Nintendo Pe y Fans de Zelda Perú, el portal web Cinencuentro, y el portal de cine peruano FotografiaCalato.com. Adicionalmente, es YouTuber para el canal Aprieta Start, y formó parte del staff de prensa del 18 Festival de Cine de Lima. También trabaja como fotógrafo para Star Wars Fan Club Perú. Desde enero del 2012 publica críticas y comentarios de cine en el blog Proyectando Ideas (el cual forma parte de la Asociación de Blogs de Cine). Crítico oficial de RottenTomatoes.com. Cinéfilo y seriómano empedernido.
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Si hay algo que define a los Muppets (aparte de su sentido del humor absurdo, la dinámica entre Miss Piggy y Kermit, la música, sus interacciones con personajes humanos… y bueno, todo), es el hecho de que siempre terminan yéndose para luego regresar. Es una franquicia que muere temporalmente, pero que siempre está de vuelta después de un tiempo, demostrando que nunca dejará de ser relevante. Siempre retornan —ya sea en cines, en la televisión, en streaming… no importa cuál sea el medio, los Muppets estarán ahí.
Y eso es precisamente lo que sucede con The Muppet Show (2026), un especial de media hora para Disney Plus que, previsiblemente, representa el regreso de estas entrañables marionetas, apuntando tanto a un público que ya las conoce, como a uno que recién podría estar comenzando a conocerlas. Tanto dentro de la ficción como fuera de ella, es un nuevo intento por mantenernos relevantes (cosa que, como se ha dicho ya, definitivamente son), y que con algo de suerte también debería representar una suerte de retorno permanente. Puede que este sea únicamente un especial, pero con algo de suerte —y muchos visionados en Disney Plus—, debería ser también el inicio de un nuevo show serializado.

Pero, ¿qué es The Muppet Show? Básicamente un show de variedades producido por Seth Rogen (quien tiene un cameo en el programa) y Sabrina Carpenter (quien viene a ser la invitada estrella del show), en donde los Muppets participan de números musicales, breves sketches, e interacciones jocosas que dejan bien en claro sus personalidades. No es nada revolucionario ni particularmente complejo, pero definitivamente resulta gracioso y divertido, como para que públicos de todo tipo recuerden por qué exactamente es que estos personajes terminaron convirtiéndose en iconos culturales norteamericanos.
En lo que se refiere a la música, quien claramente resalta más es Carpenter, quien cuenta con dos números bastante memorables. En el primero, canta Manchild en medio de un bar lleno de Muppets, de quienes se va deshaciendo poco a poco, quedando únicamente rodeada de gallinas que participan de una coreografía con ella. Súmenle a eso un ventilador que va muy rápido y deja a las gallinas desplumadas, y el número se convierte rápidamente en caos puro. Es todo muy divertido, y demuestra que Carpenter es una contraparte perfecta para los Muppets (y no solo porque mide igual que ellos, como dice hacia el final, burlándose de sí misma).
Aparte de eso, tenemos un dúo musical que comienza con ella cantando con Kermit en un bote, pero culmina con este último siendo reemplazado por Miss Piggy. Esta, además, cuenta con un par de subtramas a lo largo del especial que de alguna manera u otra también concluyen en este número. En el primero, hace todo lo posible por que Kermit no cancele un número musical suyo por falta de tiempo (razón por la que decide reemplazarlo en el número con Sabrina). Y en el segundo, acusa a Carpenter de haberse robado todo su look y estilo, razón por la que sus abogados se contactarán con la conocida cantante para demandarla. En todo caso, a Carpenter esto no parece fastidiarle tanto; después de todo, ¡Miss Piggy es su ídola!

Hay un par de números musicales más, pero claramente los más memorables son aquellos donde participa Carpenter. Hay una suerte de cover de Blinding Lights de The Weeknd con unas ratas, pero no es nada particularmente interesante. Pero sí disfruté del último número del show, en el que el reparto entero de Muppets hace un cover de Don’t Stop Me Now de Queen, con pequeño solo de guitarra y todo. Es el final perfecto para un show breve pero entretenido, que lo deja a uno con la sensación de querer ver más. Si al final la serie es aprobada por Disney y se mantiene este nivel de calidad, no dudo que vaya a valer la pena seguirla.
Porque aparte de la música, las personalidades de los Muppets están muy bien recreadas. Miss Piggy sigue siendo una diva que disfruta de pelearse con Kermit, quien acá hace las veces del organizador nervioso del show. Statler y Waldorf tienen su propio palco, desde el cual lo critican todo y hacen bromas sarcásticas. Y por supuesto, buena parte del reparto interactúa con personajes humanos, desde la ya mencionada Carpenter, hasta Seth Rogen (cuyo supuesto número sí es eliminado por Kermit por falta de tiempo) y Maya Rudolph (quien sufre un pequeño percance que, felizmente, no termina siendo letal). Lo único un poco cuestionable es la voz de Kermit; Matt Vogel no está fatal en el rol, pero entiendo por qué los fans veteranos del personaje no están del todo convencidos por su trabajo.
Si son fanáticos de los Muppets, sin embargo, la pasarán bien con The Muppet Show. Y si quieren enseñarle a sus hijos quiénes son estos personajes, demostrando por qué se han convertido en verdaderos iconos a lo largo de los años, definitivamente vale la pena que les enseñen este especial. Se trata de un show para toda la familia que, entre sus números musicales, sketches divertidos y buenas caracterizaciones de sus personajes, homenajea a la franquicia y lo deja a uno con la esperanza de que pueda continuar en el futuro cercano. Solo espero que The Muppet Show sea el comienzo de algo y no el final; habrá que esperar un tiempo a ver qué termina sucediendo.
Nota: Vi este film gracias a un screener cortesía de Disney Debut.
Parece que la gente de Marvel Studios por fin se está dando cuenta de lo mucho que se ha saturado el mercado con películas y series de superhéroes —al menos lo suficiente como para que por lo menos algunos de sus productos se desvíen de los cánones y expectativas del subgénero. Es así que su más reciente serie para streaming, Wonder Man, creada por Destin Daniel Cretton y Andrew Guest, se termina sintiendo no como una historia más de superhéroes, sino más bien como una mezcla entre sátira y homenaje al mundo de Hollywood, los actores, los directores, los agentes y los productores. Interesante, y ciertamente superior a lo que esperaba.
Lo que se supone es una miniserie (pero muy fácilmente podría continuar con una temporada más, o quizás incluso en el cine) comienza con un flashback en el que vemos a un pequeño Simon Williams (Kameron J. Meadows) yendo con su padre, Sandford (Béchir Sylvain), a ver la película de Wonder Wan. Es así que el chico termina encantado con el mundo del cine y la actuación y, años después y ya de adulto (interpretado por Yahya Abdul-Mateen II), se convierte, evidentemente, en actor. ¿El problema? Es un actor que no logra conseguir muchos trabajos y que, cuando lo logra, termina siendo despedido debido a sus ansiedades y ganas de tener el control de todo.

Su fortuna cambia, sin embargo, cuando se hace amigo de Trevor Slattery (el gran Ben Kingsley), a quien recordarán por haber “interpretado” a una versión falsa del Mandarín en Iron Man 3, y por su aparición relativamente reciente en Shang-Chi y la Leyenda de los Diez Anillos. Juntos, deciden ir al casting para una nueva versión de Wonder Wan, esta vez dirigida por un cineasta ganador del Oscar llamado Von Kovak (Zlatko Burić). Y para su sorpresa, ¡son llamados de vuelta! Pero hay un ligero problema. Trevor le está escondiendo un pequeño secreto a su nuevo amigo: está trabajando para el Departamento de Control de Daños, ya que uno de sus agentes, Cleary (Arian Moayed), ha descubierto que Simon tiene poderes de verdad, los cuales podrían llegar a ser peligrosos. Y aunque se supone que Trevor tiene que espiarlo, los eventos de la vida real terminan yendo en contra de aquella misión.
Lo mejor de Wonder Man es que no se siente para nada como una historia tradicional de superhéroes. Lo que han hecho Cretton y Guest con la serie, más bien, es desarrollar una historia enfocada principalmente en sus protagonistas como seres humanos, situándola en un contexto hollywoodiense que resulta fascinante, y ayuda a que el universo Marvel se sienta más cercano y menos fantástico. Para complementar este tono verosímil, Wonder Man cuenta con varios cameos de actores haciendo de sí mismos, como Joe Pantoliano (o Joey Pants), Ashley Greene o hasta Josh Gad.
Y hablando de Josh Gad. El cómico actor aparece en el cuarto episodio de la serie, el cual, a pesar de desviarse un poco de la narrativa principal, termina siendo uno de los más interesantes de la temporada. En él, vemos cómo un simple guardia de discoteca llamado DeMarr Davis (Byron Bowers) se convierte, de casualidad, en un superhéroe llamado (con cariño) Doorman, pero también en una suerte de celebridad, primero trabajando como el guardaespaldas de Gad y luego como actor. Lo que hace este episodio no es solo justificar por qué Simon tiene tanto miedo de que la gente descubra que tiene poderes, sino también mostrar cómo alguien se puede volver famoso de la noche a la mañana, para luego ser utilizado y escupido por la industria y el público. Se trata de una historia emotiva, trágica y temáticamente relevante para todo lo que hace el show.

Pero regresando a Simon y Trevor. El primero es caracterizado como un tipo de mucho talento e inteligencia quien, sin embargo, siempre logra tropezar cuando se le presentan oportunidades geniales, generalmente debido a que se mete “autocabes”. Su ansiedad, su deseo por controlarlo todo, y el miedo que siente por que descubran sus poderes no solo le cuestan varios trabajos, sino también una relación con una chica llamada Vivian (Olivia Thirlby). Yahya Abdul-Mateen II interpreta a Simon con humanidad, logrando establecer un buen balance entre carisma y algo de ansiedad social.
Por su parte, Ben Kingsley está muy bien, como siempre, como Trevor, esta vez interpretándolo de forma no tan cómica como en Shang-Chi, donde era más una figura secundaria algo absurda. Acá, más bien, vemos que se trata de un hombre astuto que realmente ama la actuación, pero que siempre ha desperdiciado las oportunidades que se le han presentado en la vida. Por ende, quiere ayudar a Simon para que no se convierta en alguien como él. La forma en que culmina su historia, además, es tanto trágica como agridulce y emotiva, y lo deja a uno con la fuerte sensación de que estos dos personajes deberían regresar, ya sea en una segunda temporada o en alguna película.

No se pongan a ver Wonder Man, entonces, pensando que se tratará de una serie llena de acción y efectos visuales. Los poderes del protagonista aparecen muy de vez en cuando y tienen resultados más trágicos y chocantes que emocionantes. Y como se ha mencionado ya, el foco de la narrativa está más en los personajes y sus conflictos internos —y bueno, el conflicto con el Departamento de Control de Daños— que en peleas y secuencias de fantasía vistosa. Si la serie funciona, no solo es porque se siente como una representación fidedigna del mundo del espectáculo en Los Ángeles, sino también porque la dupla inesperada de Abdul-Mateen II y Kingsley resulta emotiva y muy entretenida. Me encantaría ver más aventuras protagonizadas por estos dos, de hecho.
Wonder Man es, pues, la prueba máxima de que Marvel puede hacer algo distinto, que vaya más allá de una experiencia tipo montaña rusa (parafraseando a Scorsese), cuando les da la gana. Por momentos sí se siente como una película estirada, al igual que varias otras series cortas de streaming, pero fuera de eso, no tengo mayores quejas. Lo que tenemos acá es una sólida historia enfocada en la humanidad y defectos de su personaje principal, quien, da la casualidad, tiene superpoderes. No es una serie sobre superhéroes, sino más bien una serie sobre personas que, aparte de todo lo demás, cuentan con superpoderes. Wonder Man me sorprendió gratamente; ojalá Kevin Feige y compañía se animen a sacar más series así (o, idealmente, más historias con estos personajes).
destacado
CRÍTICA: Splinter Cell: Deathwatch (Temporada 1)
Publicado
hace 5 mesesel
16 octubre, 2025
Interesante que la franquicia de “Splinter Cell” haya regresado después de tanto tiempo no con un videojuego nuevo —por más de que hayan pasado ya algunos años desde el anuncio de un remake—, sino más bien con una serie animada. Es casi como si la gente de Ubisoft estuviese tanteando el interés que queda todavía hacia la saga —una serie de videojuegos de sigilo —o stealth— que en su momento fueron increíblemente populares, pero que debido a la salida de secuelas francamente decepcionantes para plataformas más recientes, fue muriendo gradual y tristemente. En pocas palabras: “Splinter Cell” merecía —o mejor dicho, merece— más.
Pero bueno, parece que el interés sí existe, ya que dicha serie, “Splinter Cell: Deathwatch”, ha sido renovada para una segunda temporada pocos días después de su estreno en Netflix. Eso debe querer decir, al menos en teoría, que se trata de un buen show, ¿no? Pues sí. Lo que tenemos acá es una historia oscura y llena de acción y sangre, protagonizada por un Sam Fisher ya mayor que debe regresar al ruedo para ayudar nuevamente a su país, y de paso, enfrentar a sus demonios del pasado. Es el tipo de trama que se siente más como una “secuela de legado” que otra cosa, pero que felizmente termina por respetar a su fuente de inspiración principal… bueno, hasta cierto punto.
Lo bueno es que creo que los fans cuerdos deberían quedar bastante satisfechos con “Splinter Cell: Deathwatch”.

Al comenzar “Splinter Cell: Deathwatch”, vemos a una agente siendo enviada por Anna Grimsdottir (voz de Janet Varney) de la agencia secreta estadounidense Fourth Echelon (no Third, como en los juegos clásicos) a rescatar a otro operativo que ha sido secuestro y está siendo torturado por el enemigo. Pero cuando la chica, llamada Zinnia McKenna (Kirby Howell-Baptiste) llega al lugar de los hechos, es demasiado tarde: el otro agente está muerto. Sedienta de venganza y llena de ira, Zinnia comienza a matar a medio mundo, pero es herida, lo cual la obliga a escapar.
Es así que Anna (también llamada “Grim”) decide contactar al viejo agente Sam Fisher (Liev Schreiber), ahora retirado en una granja en Polonia con su perro llamado Kaiju, para que la ayude. Después de todo, no solo tiene a una agente malherida, sino también a un Fourth Echelon totalmente apartado de la red, aparentemente hackeado por un enemigo misterioso. Es así que, cuando Sam se encuentra con Zinnia, va develando una conspiración que involucra a la poderosa CEO de una megacorporación supuestamente proambiente llamada Diana Shetland (Kari Wahlgren), quien resulta ser la hija del ex compañero militar de Sam, Douglas Shetland (Kiff VandenHeuvel), a quien nuestro protagonista se vio obligado a matar años atrás.
Más no voy a decir, ya que la narrativa de “Splinter Cell: Deathwatch” se desarrolla con paciencia a lo largo de ocho episodios frustrantemente cortos. De hecho, creo que es ahí donde radica una de las mayores flaquezas de la serie: entiendo que producir animación (especialmente animación en 2D) es costoso y toma tiempo, pero el que cada episodio dure menos de treinta minutos no hace más que dejarlo a uno con la sensación de que algo le falta a “Splinter Cell: Deathwatch”. Uno puede ver la temporada entera en una tarde, lo cual no es algo malo, supongo, pero a la vez, lo deja a uno con ganas de más. Espero que la confirmada segunda temporada no demore demasiado en llegar.

Ahora, fuera de eso, lo que quizás podría dividir a los fanáticos es la forma en que Sam Fisher es retratado. Para este crítico, se trata del Sam de siempre, quizás un poco más serio que el de los primeros tres juegos —extrañé un poco su sentido del humor sarcástico y por momentos sardónico—, pero increíblemente fuerte y capaz. Resulta satisfactorio verlo enfrentarse a los hombres de Diana, y de cuando en cuando utilizar el sigilo para matarlos y sobrevivir. Sí, “Splinter Cell: Deathwatch” es más una serie de acción —sangrienta, brutal— que de suspenso o stealth puro, pero una vez que Sam se pone sus gafas icónicas para salir a cumplir su misión, uno puede evitar emocionarse.
Ahora bien, otra decisión arriesgada que siento sí funciona es incluir a Zinnia como coprotagonista de la serie. Siento que funciona porque no le quita nada a Sam, y porque termina siendo una contraparte interesante para el avejentado Agente Splinter, con mucho menos experiencia que él, y sedienta de venganza. Zinnia comete errores y Sam está aquí para corregirlos, pero es ella, también, quien le muestra a él cómo las consecuencias de su pasado han llegado al presente para atacarlo, con los dos dándose cuenta de que, a veces, cambiar la realidad problemática contemporánea termina siendo una tarea casi imposible.

De hecho, ese es uno de los temas principales de “Splinter Cell: Deathwatch”: el cambio. Diana, por ejemplo, se supone quiere cambiar el mundo con Xanadu, una isla artificial que ha creado para desarrollar todo tipo de energías verdes y limpias. Pero también quiere realizar un cambio todavía más grande y total, el cual no pienso revelar acá. Por otro lado, Zinnia representa una suerte de cambio para Fourth Echelon y cómo funciona, y aunque Sam representa el pasado —especialmente cuando lo vemos en sus flashbacks como Douglas, que se llevan a cabo en la misma época que los videojuegos clásicos—, él también se ve obligado a cambiar para enfrentar las consecuencias de sus actos.
A nivel visual, no tengo demasiadas quejas. Por ahí he visto a gente decir que el estilo de animación de “Splinter Cell: Deathwatch” es “feo”, pero simplemente no puedo estar de acuerdo. Los personajes manejan una diseño que mezcla lo realista con lo suficientemente “animado”, y las secuencias de acción son presentadas con estilo y verosimilitud, siendo increíblemente sangrientas para causar un mayor impacto. Y la serie en general hace uso de técnicas audiovisuales propias del cine live-action, como Lens Flares, cambios de foco, suciedades en el “lente” y sutiles movimientos de cámara, para que todo se sienta más cercano y realista. Por otro lado, en lo que se refiere a las actuaciones de voz, creo que todos hacen un buen trabajo. Obviamente se extraña a Michael Ironside (la voz original de Sam), pero Schreiber destaca como su reemplazo, oyéndose no como una imitación de Fisher, sino más bien como una reinterpretación del mismo personaje.
La pasé bien con “Splinter Cell: Deathwatch”. Obviamente el factor nostalgia es fuerte a la hora de ver la serie, especialmente para quienes crecimos con los tres juegos originales hace más de veinte años (todavía los tengo para GameCube, y por supuesto, en HD para mi Xbox Series S). Pero fuera de eso, lo que el show nos propone es una historia breve de conspiraciones, asesinos a sueldo, agentes súper capaces, mucha acción y sangre, y poco humor. Visualmente, “Splinter Cell: Deathwatch” es atractiva y convincente, y aunque a nivel narrativo toma algunos riesgos, nada me terminó por fastidiar o enfadar. Derek Kolstad (el también creador de “John Wick”) ha hecho un buen trabajo con “Splinter Cell: Deathwatch”; solo espero que mantenga el mismo nivel de calidad para la segunda temporada, y que la serie en general convenza a Ubisoft de sacar un nuevo juego. ¡Ya es hora!
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