Conectate con nosotros

destacado

CRÍTICA – Euphoria (Temporada 2, Episodio 8, FINAL)

Publicado

el

Euphoria ha llegado al final de temporada consolidada como la serie del momento y candidata a ser la serie del año -cuando aún nos quedan diez meses del 2022-. Su fandom se ha extendido descomunalmente, su director, Sam Levinson, es adorado y odiado en redes sociales cada domingo, su reparto está conformado por actores que han sido elevados a la categoría de estrellas (excepto Zendaya que ya tenía mayor reconocimiento, comparativamente) y sus nuevos episodios generan las tendencias de la semana en Twitter y Tiktok. Un fenómeno global de tamaña dimensión, como tenemos muchos casos en el pasado, nunca dejará satisfecha a la totalidad de sus espectadores.

Sin embargo, Euphoria nunca ha perseguido la aceptación popular. De hecho, la tiene y se siente cómoda con ella, pero prefiere alborozarse en la rebeldía adolescente de sus protagonistas para que su objetivo principal sea hacerse notar, sin importar mostrar un rostro agradable o la más trágica historia. Es que allí donde su público reclama un final feliz, la trama hará lo posible para truncarla. Y allí donde pidamos un poco de discreción, capítulo a capítulo incrementará su crudeza.

Quedaban pocos asuntos por resolver en este episodio de final de temporada titulado «All My Life, My Heart Has Yearned for a Thing I Cannot Name«, aunque pocos no significa que esos asuntos sean menores. En efecto, la obra de Lexi (que se llama «Our Life», no «Oklahoma» como muchas personas se confundieron) quedó inconclusa en el capítulo anterior, con Cassie, montada en cólera, mirando hacia el interior del auditorio. Si el número musical de Ethan imitando a Nate había sido inconmensurable, lo que sucede inmediatamente luego es para quedarse estupefacto. Cassie invade el escenario para reclamarle a Lexi que su obra es un fiasco que solo sirve para degradar a las personas, mientras desde las butacas el público empieza a participar activamente. Primero la madre de las hermanas Howard y luego Maddy y Kat también suben al escenario, lo que deriva en una gresca con la que -admito mis culpas- me he reído a carcajadas. Ahora, si nos detenemos a reflexionar, en principio, me pareció un abuso que haya incluido la escena de la primera temporada en la que Cassie realiza contorsiones sexuales subida en un carrusel. Cassie le reclama a Lexi que solo hace esta obra porque se siente moralmente superior, ya que como ella no ha «vivido nada» entonces no ha tenido que tomar decisiones que la hayan hecho sufrir. El episodio, posteriormente, se encarga de desmentir a Cassie, pues Lexi ha sufrido tanto como cualquiera de las otras chicas. En varios saltos en el tiempo, vemos a Lexi tomar muy personalmente los problemas con las drogas de Rue y también la conflictiva relación de su padre con el resto de su familia. La cuestión es que la menor de las Howard no exterioriza sus sentimientos de la manera en la que otros personajes lo hacen generalmente y por ello, asumen que tiene todo resuelto.

La obra continúa en el episodio aunque pasa a un segundo plano hasta el cierre de este. Eso sí, tendremos varios saltos en el tiempo en los que Sam Levinson nos sube a una montaña rusa y requerimos un esfuerzo adicional para enterarnos si estamos en alguna remembranza, en la actualidad o en alguna escena posterior a «Our Life». Lo que seguramente es la parte más impactante del capítulo está muy lejos de la obra y es la trama de Fez y Ash. Inicialmente, Faye se las arregla para hacerle saber a Fez que Custer quiere delatarlos. Ash reacciona intempestivamente y asesina al ex compañero de Faye, pero la suerte ya está echada para los hermanos. La policía está afuera de su casa y, aunque Fez le dice a Ash que se aleje y no se involucre, el menor se atrinchera en un baño de la casa en el que finalmente es asesinado tras dar batalla a los hombres armados (una secuencia algo parecida a la trágica escena de Slumdog Millionaire). Esta ha sido la primera muerte de alguno de los personajes recurrentes y ha llegado tras un cruento fuego cruzado propio de una película de acción, como para que Sam Levinson añada algún registro del género a su historial. Fez queda reducido, y aunque sabemos poco de su futuro real, si sabemos su idílico futuro por una conversación muy íntima que tiene con Lexi, en la que hablan de sus sueños y cómo imaginan sus vidas. Era evidente que aquellos recuerdos solo nos estaban preparando para la tragedia: Fez no llega a la obra de Lexi y no se vuelven a ver.

La trama si ha tenido más piedad con Rue, quien se nota recuperada, pero batallando día a día con sus fantasmas. No obstante, le han dado el espacio para cerrar todos sus pendientes. Bueno, casi todos. El error más grande -que tiene pocos- del guion ha sido olvidarse por completo de Laurie, la dealer a quien Rue aún le debe dinero. Lógicamente, la mujer narcotraficante no va a darle una amnistía, pero no la volvimos a ver tras la fatídica noche en la que Rue toca fondo. Por otro lado, ha terminado su amistad con Elliot, un personaje que pudo haber sido omitido sin mayor inconveniente, si no fuera porque me agrada la teoría no oficial que el personaje es, en verdad, invención de la mente de Rue, además que ha pagado su presencia con la dedicatoria de una canción a Rue que merece ser escuchada nuevamente. Rue también ha cerrado su relación con Jules, injustamente apartada de los momentos gruesos de la temporada, aunque se han dado un final más que decente y sin resentimientos.

Tras el final de la obra, observamos una tregua entre Maddy y Cassie, coincidentemente en el baño de damas, un escenario que se ha utilizado recurrentemente en esta temporada y creo acertar cuando aprecio que este simboliza la intimidad de la complicidad femenina. Aquí se han exteriorizado desavenencias, pero también se ha llegado a la paz actual. La frase de Maddy que cierra este arco es  un «este es solo el comienzo» en alusión a lo que le espera soportar de Nate, aunque me parece entender que Maddy, entre líneas, le ofrece ayuda para enfrentarlo.

Hablando de Nate, tras su salida intempestiva de la obra, ha decidido denunciar a Cal ante la policía, quien lo arresta por haber tenido relaciones sexuales con menores de edad. Igual me ha parecido un poco extraño el devenir de este personaje, pues ha pasado de ser un villano frío y calculador a dejarse llevar por sus impulsos emocionales, incluso entregando a su padre solo por desear venganza cuando aquello puede afectar la imagen de la empresa y por tanto, afectarlo económicamente a él mismo.

Ha sido, resumiendo en pocas palabras, un final frenético para una temporada que ha convertido a Euphoria en un monstruo de la televisión como ya no los hay. Y eso que hoy ni siquiera hemos tocado el punto de la producción, en el que la musicalización, fotografía y edición, agregados a recursos narrativos impecables, encumbran a la serie a una dimensión en la que no tiene quien le haga sombra. Lamentablemente, no tendremos nueva temporada hasta el siguiente año, como mínimo. Aunque podríamos tener algunos episodios especiales como tuvimos tras la primera parte de la serie. Ojalá que así sea.

Estudié Economía en la Udep, pero mi película favorita no es Wall Street ni mi serie favorita es Billions. En realidad no tengo ninguna favorita, por eso dedico todo el tiempo posible a ver la mayor cantidad de series y películas que pueda, y porque me gusta. Escribo también en estrimin.pe.

Continuar leyendo
Comentarios

Amazon Prime Video

CRÍTICA: Spider-Noir, Temporada 1 (Prime Video)

Publicado

el

Si lo que esperan de Spider-Noir es un remedo de lo que Nic Cage hizo en Spider-man: un nuevo universo, no lo encontrarán acá. Más bien, lo que dicho ídolo de masas (lo siento, es uno de mis actores favoritos) hace acá junto al showrunner Oren Uziel es utilizar a dicha versión del personaje como punto de partida para desarrollar una historia que homenajea al cine clásico de detectives de los años treinta, manejando una estética en blanco y negro (esa la versión que decidí ver, pero también hay una alternativa en True Colour) muy bien realizada, y funcionando como una narrativa contenida, ambiciosa y entretenida. La pasé muy bien con Spider-Noir, y no solo gracias al maestro de Nic Cage.

Spider-Noir se lleva a cabo en una interpretación alterna de la Nueva York de la Gran Depresión, quince años después de la Primera Guerra Mundial. En dicho contexto, conocemos a Ben Reilly (Cage), veterano de dicha guerra, ahora convertido en detective privado junto a su secretaria, la astuta Janet Ruiz (Karen Rodríguez). Pero Ben también solía ser La Araña, superhéroe de poderes magníficos (básicamente los mismos que los del clásico Spider-man) que ahora se ha retirado. Esto último le ha permitido al mafioso Silvermane (Brendan Gleeson) tomar el control de la ciudad, lo cual frustra al alcalde Morris (Michael Kostroff), quien está haciendo campaña para la reelección.


Es por esto último que Ben termina investigando a Silvermane, lo que lo lleva a involucrarse con Cat Hardy (Li Jun Li), una cantante y pianista que trabaja en el club de dicho mafioso, y es básicamente su prisionera. Además, ella mantiene una relación secreta con Flint Marko (Jack Huston), alias Sandman, un tipo cuyos superpoderes de arena poco a poco se están saliendo de control. Es así que Ben se empecina en ayudar a Cat y de alguna forma traerse abajo el imperio criminal de Silvermane, a la vez enfrentándose tanto a Sandman como a Megawatt (Andrew Lewis Caldwell), un criminal con poderes eléctricos. Felizmente, nuestro protagonista cuenta con la ayuda de Robbie Robertson (Lamorne Morris, de New Girl), un periodista valiente, siempre en busca de una historia interesante para contar.

Para disfrutar de Spider-Noir, no es necesario saber nada del personaje original de los cómics, o de la ya mencionada película animada de Spider-man. En términos generales, esta (¿primera?) temporada de la serie funciona muy bien como una historia independiente, que tiene sentido en el contexto de una versión alternativa de la Nueva York de los años treinta. La historia de trasfondo de Ben es explicada de forma eficiente a través de ocasionales flashbacks, y los villanos (Silvermane, Sandman, Megawatt) son presentados a través de sus relaciones con otros personajes o su rol en el conflicto central. Es decir, no se sienten como fanservice gratuito, ni como referencias a otras historias.

La construcción, además, del mundo en el que viven estos personajes es impecable. A pesar de haber sido grabada en Los Ángeles, Nueva York es presentada de forma creíble y visualmente atractiva, con todos los elementos antiguos que uno esperaría: carros, tiendas de productos anticuados, y hasta un tren que pasa por encima de las calles.Tanto el diseño de producción como el vestuario hacen un excelente trabajo sumergiendo al espectador en este contexto, presentando al mismo Ben, por ejemplo, como un detective de medio pelo con trajes un poco desgastados, que sin embargo luce más impresionante una vez que se pone la máscara de La Araña.


Lo cual me lleva a escribir, por supuesto, sobre Nicolas Cage. El excéntrico actor interpreta a Ben como alguien que, al parecer, va perdiendo la sanidad –o al menos la paciencia– gradualmente a lo largo de los ocho episodios de la temporada. Comienza el show como alguien tranquilo, y ya para el último episodio utiliza todos los recursos actores típicos de Cage: gritos, expresiones faciales curiosas, interpretaciones atípicas de sus diálogos y más. Lo bueno es que Cage nunca convierte a Ben en una caricatura, sino más bien en un tipo que todavía carga con la culpa de la muerte de su esposa, Ruby (Amanda Schull), y que, hasta cierto punto, preferiría ya no tener poderes para convertirse en un hombre normal.

Por su parte, el gran Brendan Gleeson brilla como Silvermane. Lo que muy fácilmente podría haberse convertido en un villano más del montón, exagerado y teatral, más bien es interpretado por el artista irlandés como un tipo inteligente y perspicaz, cuya relativa calma genera nerviosismo, convirtiéndolo en alguien sorprendentemente intimidante. Por otro lado, Li Jun Li interpreta a Cat Hardy como una mujer en busca de autonomía; que por años ha sido controlada por Silvermane, quien decide dónde vive, qué ropa usa, cómo se comporta y qué canta, y que ahora desea su libertad. Lamorne Morris está muy bien como Robbie, inyectándole mucho carisma, al igual que Karen Rodríguez como la fiel y divertida Janet Ruiz. Y tanto Jack Huston (como el sufrido Flint Marko) como Andrew Lewis Caldwell (como un Megawatt algo desesperante pero de voz muy de los treinta) demuestran ser antagonistas interesantes.


Fuera del trabajo de diseño de producción y maquillaje, Spider-Noir hace uso de efectos visuales muy ocasionalmente, básicamente para expandir digitalmente esta versión de la ciudad de Nueva York. No considero que la serie sea de acción, necesariamente, por lo que solo en algunos episodios vemos al protagonista columpiarse por entre los edificios, generalmente a través de un doble digital medianamente convincente. El resto del tiempo se mete en peleas bastante intensas, donde tanto el doble de Cage como el mismísimo actor convencen, interpretando a Ben como alguien un poco fuera de forma, pero igual poderoso. Eso sí, tengan en cuenta que Spider-Noir cuenta con algunos momentos de violencia fuerte (y hasta con una escena de pesadilla con arañas que perturbará a más de un espectador), por lo que no recomiendo que se la enseñen a los fanáticos más pequeños de Spider-man.

Difícil que la primera serie protagonizada por Nicolas Cage (quien siempre ha preferido los largometrajes) fuese a decepcionarme, pero igual estoy muy contento de que Spider-Noir haya terminado siendo tan buena. Lo que tenemos acá es una serie relativamente breve (de ocho episodios de cuarenta y pico minutos cada uno) que se deleita en hacer referencia al cine clásico noir de los cuarenta, con una excelente dirección de fotografía en blanco y negro que aprovecha las sombras fuertes, los planos de split-diopter (me encantan) y el diálogo algo anticuado para diferenciarse de otros proyectos basados en cómics. Súmenle a eso un genial Nicolas Cage, y Spider-Noir se convierte rápidamente en una experiencia memorable y de desenlace satisfactorio. ¡Ojalá se animen a sacar una segunda temporada!

Continuar leyendo

destacado

CRÍTICA: Astérix y Obélix: el combate de los jefes (miniserie)

Publicado

el

Basada en el cómic del mismo nombre, Astérix y Obélix: el combate de los jefes es de las mejores adaptaciones de las aventuras del héroe galo a la pantalla chica que haya visto. Lo cual, honestamente, no debería sorprender, considerando que la serie trae de vuelta al director-guionista Alain Chabat, cineasta responsable de la mejor película de acción en vivo del personaje, Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (recién reestrenada como parte del Festival de Cine Francés en Lima, dicho sea de paso). Si aquella cinta es la mejor representación de Astérix y compañía con actores de carne y hueso, Astérix y Obélix: el combate de los jefes es, pues, de lo mejor que se ha hecho en animación con este universo hasta el momento.

Ahora bien, tomen en cuenta que Astérix y Obélix: el combate de los jefes consta únicamente de cinco episodios, lo cual puede percibirse como muy poco. Pero no se preocupen, porque son suficientes, felizmente, para narrar una trama basada, nuevamente, en el cómic de Goscinny y Uderzo, pero con algunas novedades que serán apreciadas por los fanáticos de estos personajes. No me esperaba, por ejemplo, que tengamos todo un episodio dedicado a Astérix y Obélix de niños, que nos muestra, además, cómo el segundo se cayó en una marmita de Poción Mágica, lo cual terminó por otorgarle poderes de súper fuerza permanentes.


Este tipo de adiciones no son gratuitas, felizmente. Todo el punto de esta serie está en retratar la amistad de nuestros dos protagonistas de la forma más emotiva posible, lo cual, por supuesto, ayuda a que la narrativa se desarrolle con más potencia. Pero me adelanto. Por si no lo sabían, las aventuras de Astérix se llevan a cabo durante el apogeo del Imperio Romano y el gobierno de Julio César (voz de Laurent Lafitte), quien ha logrado conquistar toda la Galia. ¿Toda? ¡No! Queda un pueblito de irreductibles galos que se niegan a ser conquistados y que, gracias a la Poción Mágica del Druida Panoramix (Thierry Lhermitte), pueden enfrentarse a sus enemigos sin ser derrotados… hasta el momento.

Porque, lamentablemente, César parece haber encontrado una solución a sus problemas. Gracias a la inteligencia de la joven Métadata (Anaïs Demoustier), sobrina del legionario Fastanefurius (Fred Testot), han desarrollado un nuevo plan: utilizar la ley de los galos y, específicamente, la tradición del Combate de los Jefes, para que un jefe galo fiel a los romanos rete al jefe de la aldea gala, Abraracurcix (Grégoire Ludig), y por fin puedan hacerse de dicho bastión rebelde. Para eso, tienen que deshacerse de Panoramix de esa forma los rebeldes no contarán con la poción y por ende, serán incapaces de ganar el combate.


Eso último resulta… a medias. Porque luego de que a Panoramix le cae un menhir encima, en vez de morir, simplemente pierde la memoria y se vuelve un poco loco. Lo cual evidentemente es un problema, y motiva a nuestros héroes, el pequeño Astérix (Alain Chabat), y el gigante y súper fuerte Obélix (Gilles Lellouche) a encontrar una solución para su problema. Pero esto, evidentemente, termina siendo más difícil de resolver de lo esperado, especialmente teniendo en cuenta que el César ha encontrado rápidamente a un jefe galo que manipular: Aplusbégalix (Grégory Gadebois) se muere por ser romano (a pesar de ser originalmente galo), y no tiene ningún problema con participar del Combate de los Jefes.

Nuevamente: los fans de los cómics la pasarán bien con Astérix y Obélix: el combate de los jefes justamente por lo bien que adapta la historia original, pero los espectadores neófitos también se vacilarán gracias a lo entretenida que es la serie. Los episodios son breves, rápidos y enérgicos, los chistes son frecuentes y, como debe ser, los juegos de palabras no podrían ser más graciosos. ¿Cómo no dejarme cautivar por una serie que incluye a personajes romanos con nombres como Métadata, Mileycirus o Annabarbera, o un chiste que vincula la palabra Netflix con el sufijo con el que cuentan todos los nombres de los galos? (Incluso hay un personaje que pasa de llamarse Unmillóndevistus a Unmillóndeclix… ¡ja!) Es todo muy entretenido y absurdo.


Todo esto es apoyado, felizmente, por animación de muy buena calidad. Los personajes lucen tal y como los recordamos, y se mueven todos de forma caricaturesca y enérgica. Los ambientes están suficientemente detallados, las escenas de combate son satisfactorias, y como no podía ser de otra forma, Chabat se deleita en incluir parodias inesperadas. Es así que terminamos con una breve sátira del póster oficial de Star Wars: Los Últimos Jedi, una referencia a la pelea final de Avengers: Endgame, y una representación colorida de lo que significa toma la Poción Mágica. Además, hay toques totalmente excéntricos, como cuando un demente Panoramix alucina con su propio show de marionetas (¿por qué no?), o cuando se abre todo un parque temático alrededor del coliseo donde se lleva a cabo el Combate de los Jefes (con montañas rusas y todo).

Es así, pues, que la serie animada de Astérix y Obélix: el combate de los jefes logra manejar el mismo tono absurdo y lleno de chistes ridículos de los cómics originales, mezclándolo con juegos de palabras geniales, personajes secundarios muy graciosos, una animación de gran calidad, nuevas parodias, y personajes que destacan por lo bien que han sido construidos (resaltan Métadata, una romana inesperadamente gentil, y la amistad entre Astérix y Obélix, por supuesto). Como fan de estos personajes, la pasé muy bien con Astérix y Obélix: el combate de los jefes. Pero estoy seguro de que aquellos que poco sepan de este universo igual se divertirán con la serie. ¡Espero que Netflix y Chabat se animen a sacar una nueva temporada basada en otro de los cómics!

Continuar leyendo

destacado

CRÍTICA: Ted (Temporada 2)

Publicado

el

Si la primera temporada de la serie de Ted fue una experiencia hilarante y, en ciertos momentos, superior a las películas (o al menos a la segunda), esta nueva temporada no hace más que consolidar todo lo que se estableció antes. En vez de siete episodios, tenemos ocho. En vez de simplemente mezclar humor absurdo con personajes reconocibles, tenemos historias increíblemente graciosas, sorprendentemente emotivas y que no tienen miedo de tocar temas algo fuertes. Y aunque —lamentablemente— Seth MacFarlane ya ha confirmado que la tercera temporada probablemente jamás saldrá, el show nos deja con la esperanza de que más aventuras podrían narrarse con estas versiones de sus protagonistas. ¡Solo queda cruzar los dedos!

La segunda temporada de Ted comienza poco después de la primera y no ha cambiado mucho. Johnny (Max Burkholder) sigue siendo virgen, sigue sin tener novia, y esta vez, está en su último año de colegio. Ted (voz de MacFarlane) sigue siendo un osito de peluche sarcástico y grosero, pero de buen corazón. Blaire (Giorgia Whigham) sigue viviendo en la casa de Johnny, y los padres de este último, la amabilísima Susan (Alanna Ubach) y el súper conservador veterano de Vietnam Matty (Scott Grimes) mantienen la misma relación de siempre. Incluso más que la temporada anterior, esta se siente como una serie de aventuras inconexas, sin ninguna narrativa que lo vincule todo. ¿Pero saben qué? Ese no es un problema en absoluto.


Porque al final del día, uno ve una serie como Ted para matarse de risa, y eso es precisamente lo que sucede acá. Con los personajes ya bien establecidos, al igual que sus relaciones, la temporada hace un excelente trabajo desarrollando momentos de humor absurdo, relevante o hasta ligeramente ofensivo, los cuales, sin embargo, nunca se perciben como algo hecho únicamente para molestar a ciertos espectadores. Cuando alguien les diga que ya no se puede bromear sobre nada (lo cual, evidentemente, es mentira), les sugiero que le enseñen esta serie. Ted no tiene miedo de ser grosera, pero a la vez nunca se siente como una producción malintencionada, lo que la vuelve divertida en lugar de frustrante.

Consideren, además, que buena parte del humor se deriva de las diferencias de opinión entre personajes como Matty (que representa el machismo, sexismo, racismo y ultraconservadurismo), Susan (una ama de casa tradicional pero muy gentil y hacendosa), y Blaire (la progresista rebelde y queer, siempre consciente de los problemas del mundo). Si Ted parece tomar partido, evidentemente es porque está del lado de Blaire, pero nada de eso convierte las discusiones entre los tres personajes (con Johnny y Ted de espectadores, básicamente) en algo tedioso. Más bien, cada escena en el comedor de la casa resulta en chistes verdaderamente hilarantes. ¿Qué otra serie se tomaría tanto tiempo hablando sobre lo gay (no no gay) que resulta comer huevos antes, durante y después de ciertos horarios? Es todo tan ridículo que resulta divertido y jamás ofensivo.


Adicionalmente, por más que la temporada consista únicamente en ocho episodios (en gran parte, me imagino, por lo cara que resulta realizar el show), igual cuenta con historias absolutamente memorables. De entre ellas destacan el episodio dedicado enteramente a una campaña de Dungeon and Dragons (súper fiel a las reales, dicho sea de paso); el capítulo donde Susan va a la cárcel (¡!) y, con su bondad, logra hacer de aquel lugar un sitio mejor; y por supuesto, la escena (algo controvertida) en la que MacFarlane interpreta a Bill Clinton con un poco de ayuda del DeepFake. La escena en sí es muy graciosa, pero entiendo por qué algunos espectadores podrían encontrar que Clinton luce algo… perturbador.

Podría listar más momentos chistosos de la temporada, pero lo mejor que pueden hacer es ir a Universal Plus (o, me imagino, alguna web alternativa) y ver Ted. Contrario a lo que se podrían haber imaginado, se trata de una serie tanto graciosa como emotiva, donde la mayoría de personajes brillan, contrastando perfectamente con el osito del título. Blaire tiene más que hacer acá que en la temporada anterior (y encima es partícipe de un episodio sobre el aborto, el cual se siente tanto relevante como importante), Susan es un pan de dios, y apariciones como las del Chico Jesús (que en esta ocasión ayuda a Johnny dándole una moneda para que use una máquina expendedora) terminan de cementar a Ted como una serie ridículamente memorable.


Al igual que en la temporada anterior, además, las actuaciones son todas excelentes, y ayudan a convertir a los personajes en íconos de la comedia. Max Burkholder sigue teniendo el trabajo difícil de interactuar con un oso digital, y lo hace perfectamente (me encanta, además, y también me da miedo, pensar que se supone que eventualmente tendrá que convertirse en Mark Wahlberg… ugh). Alanna Ubach es la ama de casa perfecta, convirtiendo a Susan en uno de los personajes más adorables y dulces de la televisión. Scott Grimes es desagradable e intenso como Matty, pero no por eso lo caricaturiza (consideren el episodio dedicado a sus ataques cardíacos). La Blaire de Giorgia Whigham sigue siendo la única voz de la razón en el show, y por supuesto, la presencia de Ted es invaluable (su mejor momento: cuando tiene un amorío con una mujer casada con un millonario).

Una pena, pues, que Ted no vaya a tener una tercera temporada. Lo que tenemos acá es una serie que combina la comedia ridícula, el humor vulgar y sexual, los personajes memorables y bien construidos, algo de emotividad y una pizca de comentario social y político, para generar risas, llantos y, bueno… más risas. Esta segunda temporada me gustó incluso más que la primera, y por lo que he estado viendo en redes, no creo ser el único. En un mundo perfecto, el show debería continuar, por más que la narración en off de Ian McKellen en el último episodio sea una despedida perfecta. La pasé muy bien con Ted, e igual seguiré cruzando los dedos para que tanto Universal como MacFarlane se animen a continuar la historia de este osito de peluche y su disfuncional familia humana.

Continuar leyendo