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Opinión

CRÍTICA – Good Omens (1era Temporada)

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Este es uno de esos casos en los que me toca admitir que no he leído la fuente original de inspiración; por más que me encantaría leer la novela original de “Good Omens”, escrita por Neil Gaiman y Terry Pratchett, no he tenido suficiente tiempo como para hacerlo. Después de todo, tengo una cantidad casi absurda de libros pendientes —así como películas y series, por supuesto—, por lo que simplemente no he podido comprar y leer la novela antes de ver la más reciente adaptación para Amazon Prime Video. Si tuviese que esperar a leer la novela para luego ver la serie, mi crítica terminaría siendo publicada en el 2021. No hay forma.

Lo cual, en todo caso, me da la oportunidad de evaluar a “Good Omens” bajo sus propios términos, sin compararla a la —supuestamente—excelente novela de Gaiman y Pratchett, y más bien considerándola como una obra de ficción que debería funcionar tanto para los fanáticos de su fuente de inspiración, como para los neófitos. Y en ese sentido, felizmente puedo declarar que “Good Omens” es un éxito casi absoluto. Se trata, pues, de una serie —o primera temporada— increíblemente entretenida, llena de personajes memorables y con un sentido del humor bastante astuto. No me atrevería a decir que se trata de un sátira, necesariamente, pero sí que contiene elementos satíricos, como para desarrollar su historia de manera entretenida, pero a la vez, deliciosamente inesperada.

La premisa tiene muchísimo potencial. Nuestros protagonistas son un ángel —Aziraphale, interpretado por Michael Sheen— y un demonio —Crowley, interpretado por David Tennant—, que han estado “activos”, por así decirlo, desde el inicio. Estuvieron ahí cuando Adán y Eva fueron botados del paraíso —Crowley era la Serpiente, y Aziraphale le regaló su espada de fuego a la pareja para que se defiendan en un mundo lleno de peligros—, estuvieron durante la Peste Negra y el Renacimiento, y siguen trabajando, cada quien para su propio bando, ahora en el presente.

No obstante, a pesar de tener jefes completamente distintos y, se supone, objetivos opuestos, con los años se han convertido en amigos, y tienen una suerte de trato —se hacen los locos cada vez que uno comete un acto que beneficia a cualquiera de los jefes, pero a la vez, se ayudan mutuamente cada vez que pueden. No obstante, dicha situación se verá afectada con la inminente llegada del Anticristo —personificado en un —aparentemente— dulce niño llamado Adam Young (Sam Taylor Buck) que jamás se despega de su adorable perrito. Es así que Crowley y Aziraphale tendrán que trabajar juntos para tratar de prevenir el Apocalipsis, por más que sus respectivos Jefes —Beelzebub (Anna Maxwell Martin) para el primero, y el Ángel Gabriel (Jon Hamm) para el segundo— estén en desacuerdo con sus acciones.

A pesar de tratar sobre el fin del mundo, e involucrar a ángeles, demonios, brujas y al Anticristo en persona, “Good Omens” mantiene un tono más bien ligero. De hecho, me recordó bastante a “La guía del viajero intergaláctico” (tanto la primera novela, como la adaptación cinematográfica con Martin Freeman), especialmente debido a la manera en que utiliza el humor, seco, sardónico, sarcástico, para enfrentar algunos de los temas más complicados que tiene que desarrollar. Consideren, si no, el tercer episodio, en el que vemos, durante los primeros treinta minutos, todos los eventos históricos importantes en los que se vieron involucrados ambos protagonistas.; estuvieron presentes, incluso, durante la crucifixión de Jesús. “¿Y qué hizo este tipo para que se molestaran tanto?”, le pregunta el Demonio al Ángel. “Solo dijo que sean amables los unos con los otros”, le responde. “Ah. Tiene sentido”.

Y por más que “Good Omens” toque algunos temas relativamente susceptibles —especialmente para un país tan conservador como el nuestro—, muchos de ellos relacionados a la religión y al rol de Dios en el destino de la humanidad, nunca se siente ofensivo ni mucho menos. No soy ningún creyente, pero asumo que solo el cristiano más radical de todos se sentiría ofendido por una serie de tono tan ligero y tan frecuentemente graciosa como “Good Omens” —después de todo, por más que los personajes se cuestionan las decisiones tomadas tanto por Dios como por el Diablo, la conclusión a la que eventualmente llegan (durante el último episodio) es bastante consecuente con lo que la mayoría de gente creyente declara. Tampoco diría que “Good Omens” es una serie religiosa, por cierto —simplemente tiene mensajes bastante dignos que transmitir, y lo hace de manera divertida, y por qué no, algo satírica y autoconsciente.

Además, ayuda el que el eje central de la narrativa sea la relación entre Aziraphale y Crowley. Sin ellos, y sin la manera en que interactúan, la serie carecería de un buen corazón, y se podría sentir mucho más malintencionada. Tanto Michael Sheen como David Tennant están muy bien como sus respectivos personajes —el primero siempre quiere hacer el bien, y cree todavía en el juicio de sus jefes, mientras que el otro, a pesar de disfrutar de sus maléficas acciones, de crear caos y confusión, parece tener un lado más bien amable. Es el contraste entre ambos, pero también la química que comparten, lo que los convierte en protagonistas tan entrañables. Se trata de un amistad totalmente creíble, por más que sean un par de seres inmortales y sobrenaturales.

Del resto del reparto, destacan Adria Arjona como Anatema Device, y Jack Whitehall como Newton Pulsifer. La primera es una descendiente de brujas, destinada a cumplir una serie de profecías muy precisas para ayudar a acabar con el Anticristo, mientras que el segundo es un pseudo-cazador de brujas (muy torpe) que también tiene un rol qué cumplir en esta historia. Arjona interpreta a su personaje como una mujer intensa, alguien que verdaderamente cree en su destino, mientras que Whitehall, sin exagerar demasiado, desarrolla a Pulsifer como alguien perdido, inseguro de sí mismo y hasta confundido. Sí, es cierto que la relación entre ambos está desarrollada de manera algo apurada y superflua —y sufre en comparación a la del Ángel y el Demonio—, pero funciona dentro del contexto de la serie. Como Shadwell, el mentor de Newton, Michael McKean tiene un acento escocés (¿o irlandés?) terrible; Jon Hamm es suficientemente intimidante como Gabriel; Frances McDormand interpreta a la voz de Dios, la narradora de todos los eventos que se llevan a cabo a lo largo de esta primera temporada, y los niños (Adam, el Anticristo, y sus amigos) están meramente…. bien. Para ser un eje importante de la historia, están muy poco desarrollados, y hasta resultan algo irritantes por momentos.

Fuera de la narrativa en general y de sus memorables protagonistas, uno también va disfrutando de los detalles que introduce “Good Omens”, tanto relacionados a la construcción de sus personajes, como a ciertos eventos de la vida real. Consideren, si no, la manera en que Crowley trata a sus plantas —en una escena que sirve tanto para demostrar que no es una buena persona, exactamente, como para sembrar una semillita narrativa que es utilizada un par de episodios después—, o las supuestas desgracias por las que él se hace responsable, como la creación de la gasolina, o la invención del plástico. Tenemos, también, a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, quienes, en vez de montar criaturas aladas, se mueven en motocicletas, y cuyo miembro más devastador, la Plaga, ha sido reemplazado por la Contaminación —porque es el año 2019, por supuesto. Son detalles de ese estilo los que le dan tanta personalidad, y a la vez, tanta relevancia a “Good Omens”.

No obstante, sí hay un par de momentos que resultan algo decepcionantes, especialmente en lo que se refiere al apartado visual. Se nota que el presupuesto para la serie era limitado, razón por la que la mayoría de episodios combinan excelentes sets y un sublime diseño de vestuario y maquillaje, con efectos digitales que van desde lo aceptable —carros incendiándose, demonios derritiéndose—, hasta lo francamente horrible —explosiones en 2D o chroma keys mal hechos. Dudo que “Good Omens” haya sido una serie barata, pero por momentos luce como una, razón por la que espero reciban un mayor presupuesto para la segunda temporada (si es que llega a haber una).

“Good Omens” es una experiencia corta y dulce —esta primera temporada consiste únicamente de seis episodios, los cuales, gracias a la calidad del producto, pueden ser consumidos de un solo tirón (creanme, eso fue precisamente lo que terminé haciendo). Se trata de una historia increíblemente divertida y astuta, llena de elementos satíricos muy graciosos, y poblada por personajes memorables. Sí, tiene algunas deficiencias técnicas, y sí, los niños no terminan de convencer, lamentablemente, pero fuera de esos defectos, no hay mucho que pueda criticarle a “Good Omens”. De hecho, la pasé tan bien con estos personajes que, nuevamente, me encantaría ver una segunda temporada —espero que le haya ido lo suficientemente bien a la serie como para que Amazon apruebe el desarrollo de una. Los personajes —y Gaiman, el único autor vivo de la novela— lo merecerían.

Cofundador y editor en NoEsEnSerie.com. Bachiller en Comunicación Audiovisual por la PUCP, y miembro de la APRECI—Asociación de Prensa Cinematográfica. Integra el staff de la revista MasGamers, las webs de Nintendo Pe y Fans de Zelda Perú, el portal web Cinencuentro, y el portal de cine peruano FotografiaCalato.com. Adicionalmente, es YouTuber para el canal Aprieta Start, y formó parte del staff de prensa del 18 Festival de Cine de Lima. También trabaja como fotógrafo para Star Wars Fan Club Perú. Desde enero del 2012 publica críticas y comentarios de cine en el blog Proyectando Ideas (el cual forma parte de la Asociación de Blogs de Cine). Crítico oficial de RottenTomatoes.com. Cinéfilo y seriómano empedernido.

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Amazon Prime Video

CRÍTICA: Spider-Noir, Temporada 1 (Prime Video)

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Si lo que esperan de Spider-Noir es un remedo de lo que Nic Cage hizo en Spider-man: un nuevo universo, no lo encontrarán acá. Más bien, lo que dicho ídolo de masas (lo siento, es uno de mis actores favoritos) hace acá junto al showrunner Oren Uziel es utilizar a dicha versión del personaje como punto de partida para desarrollar una historia que homenajea al cine clásico de detectives de los años treinta, manejando una estética en blanco y negro (esa la versión que decidí ver, pero también hay una alternativa en True Colour) muy bien realizada, y funcionando como una narrativa contenida, ambiciosa y entretenida. La pasé muy bien con Spider-Noir, y no solo gracias al maestro de Nic Cage.

Spider-Noir se lleva a cabo en una interpretación alterna de la Nueva York de la Gran Depresión, quince años después de la Primera Guerra Mundial. En dicho contexto, conocemos a Ben Reilly (Cage), veterano de dicha guerra, ahora convertido en detective privado junto a su secretaria, la astuta Janet Ruiz (Karen Rodríguez). Pero Ben también solía ser La Araña, superhéroe de poderes magníficos (básicamente los mismos que los del clásico Spider-man) que ahora se ha retirado. Esto último le ha permitido al mafioso Silvermane (Brendan Gleeson) tomar el control de la ciudad, lo cual frustra al alcalde Morris (Michael Kostroff), quien está haciendo campaña para la reelección.


Es por esto último que Ben termina investigando a Silvermane, lo que lo lleva a involucrarse con Cat Hardy (Li Jun Li), una cantante y pianista que trabaja en el club de dicho mafioso, y es básicamente su prisionera. Además, ella mantiene una relación secreta con Flint Marko (Jack Huston), alias Sandman, un tipo cuyos superpoderes de arena poco a poco se están saliendo de control. Es así que Ben se empecina en ayudar a Cat y de alguna forma traerse abajo el imperio criminal de Silvermane, a la vez enfrentándose tanto a Sandman como a Megawatt (Andrew Lewis Caldwell), un criminal con poderes eléctricos. Felizmente, nuestro protagonista cuenta con la ayuda de Robbie Robertson (Lamorne Morris, de New Girl), un periodista valiente, siempre en busca de una historia interesante para contar.

Para disfrutar de Spider-Noir, no es necesario saber nada del personaje original de los cómics, o de la ya mencionada película animada de Spider-man. En términos generales, esta (¿primera?) temporada de la serie funciona muy bien como una historia independiente, que tiene sentido en el contexto de una versión alternativa de la Nueva York de los años treinta. La historia de trasfondo de Ben es explicada de forma eficiente a través de ocasionales flashbacks, y los villanos (Silvermane, Sandman, Megawatt) son presentados a través de sus relaciones con otros personajes o su rol en el conflicto central. Es decir, no se sienten como fanservice gratuito, ni como referencias a otras historias.

La construcción, además, del mundo en el que viven estos personajes es impecable. A pesar de haber sido grabada en Los Ángeles, Nueva York es presentada de forma creíble y visualmente atractiva, con todos los elementos antiguos que uno esperaría: carros, tiendas de productos anticuados, y hasta un tren que pasa por encima de las calles.Tanto el diseño de producción como el vestuario hacen un excelente trabajo sumergiendo al espectador en este contexto, presentando al mismo Ben, por ejemplo, como un detective de medio pelo con trajes un poco desgastados, que sin embargo luce más impresionante una vez que se pone la máscara de La Araña.


Lo cual me lleva a escribir, por supuesto, sobre Nicolas Cage. El excéntrico actor interpreta a Ben como alguien que, al parecer, va perdiendo la sanidad –o al menos la paciencia– gradualmente a lo largo de los ocho episodios de la temporada. Comienza el show como alguien tranquilo, y ya para el último episodio utiliza todos los recursos actores típicos de Cage: gritos, expresiones faciales curiosas, interpretaciones atípicas de sus diálogos y más. Lo bueno es que Cage nunca convierte a Ben en una caricatura, sino más bien en un tipo que todavía carga con la culpa de la muerte de su esposa, Ruby (Amanda Schull), y que, hasta cierto punto, preferiría ya no tener poderes para convertirse en un hombre normal.

Por su parte, el gran Brendan Gleeson brilla como Silvermane. Lo que muy fácilmente podría haberse convertido en un villano más del montón, exagerado y teatral, más bien es interpretado por el artista irlandés como un tipo inteligente y perspicaz, cuya relativa calma genera nerviosismo, convirtiéndolo en alguien sorprendentemente intimidante. Por otro lado, Li Jun Li interpreta a Cat Hardy como una mujer en busca de autonomía; que por años ha sido controlada por Silvermane, quien decide dónde vive, qué ropa usa, cómo se comporta y qué canta, y que ahora desea su libertad. Lamorne Morris está muy bien como Robbie, inyectándole mucho carisma, al igual que Karen Rodríguez como la fiel y divertida Janet Ruiz. Y tanto Jack Huston (como el sufrido Flint Marko) como Andrew Lewis Caldwell (como un Megawatt algo desesperante pero de voz muy de los treinta) demuestran ser antagonistas interesantes.


Fuera del trabajo de diseño de producción y maquillaje, Spider-Noir hace uso de efectos visuales muy ocasionalmente, básicamente para expandir digitalmente esta versión de la ciudad de Nueva York. No considero que la serie sea de acción, necesariamente, por lo que solo en algunos episodios vemos al protagonista columpiarse por entre los edificios, generalmente a través de un doble digital medianamente convincente. El resto del tiempo se mete en peleas bastante intensas, donde tanto el doble de Cage como el mismísimo actor convencen, interpretando a Ben como alguien un poco fuera de forma, pero igual poderoso. Eso sí, tengan en cuenta que Spider-Noir cuenta con algunos momentos de violencia fuerte (y hasta con una escena de pesadilla con arañas que perturbará a más de un espectador), por lo que no recomiendo que se la enseñen a los fanáticos más pequeños de Spider-man.

Difícil que la primera serie protagonizada por Nicolas Cage (quien siempre ha preferido los largometrajes) fuese a decepcionarme, pero igual estoy muy contento de que Spider-Noir haya terminado siendo tan buena. Lo que tenemos acá es una serie relativamente breve (de ocho episodios de cuarenta y pico minutos cada uno) que se deleita en hacer referencia al cine clásico noir de los cuarenta, con una excelente dirección de fotografía en blanco y negro que aprovecha las sombras fuertes, los planos de split-diopter (me encantan) y el diálogo algo anticuado para diferenciarse de otros proyectos basados en cómics. Súmenle a eso un genial Nicolas Cage, y Spider-Noir se convierte rápidamente en una experiencia memorable y de desenlace satisfactorio. ¡Ojalá se animen a sacar una segunda temporada!

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CRÍTICA: Astérix y Obélix: el combate de los jefes (miniserie)

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Basada en el cómic del mismo nombre, Astérix y Obélix: el combate de los jefes es de las mejores adaptaciones de las aventuras del héroe galo a la pantalla chica que haya visto. Lo cual, honestamente, no debería sorprender, considerando que la serie trae de vuelta al director-guionista Alain Chabat, cineasta responsable de la mejor película de acción en vivo del personaje, Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (recién reestrenada como parte del Festival de Cine Francés en Lima, dicho sea de paso). Si aquella cinta es la mejor representación de Astérix y compañía con actores de carne y hueso, Astérix y Obélix: el combate de los jefes es, pues, de lo mejor que se ha hecho en animación con este universo hasta el momento.

Ahora bien, tomen en cuenta que Astérix y Obélix: el combate de los jefes consta únicamente de cinco episodios, lo cual puede percibirse como muy poco. Pero no se preocupen, porque son suficientes, felizmente, para narrar una trama basada, nuevamente, en el cómic de Goscinny y Uderzo, pero con algunas novedades que serán apreciadas por los fanáticos de estos personajes. No me esperaba, por ejemplo, que tengamos todo un episodio dedicado a Astérix y Obélix de niños, que nos muestra, además, cómo el segundo se cayó en una marmita de Poción Mágica, lo cual terminó por otorgarle poderes de súper fuerza permanentes.


Este tipo de adiciones no son gratuitas, felizmente. Todo el punto de esta serie está en retratar la amistad de nuestros dos protagonistas de la forma más emotiva posible, lo cual, por supuesto, ayuda a que la narrativa se desarrolle con más potencia. Pero me adelanto. Por si no lo sabían, las aventuras de Astérix se llevan a cabo durante el apogeo del Imperio Romano y el gobierno de Julio César (voz de Laurent Lafitte), quien ha logrado conquistar toda la Galia. ¿Toda? ¡No! Queda un pueblito de irreductibles galos que se niegan a ser conquistados y que, gracias a la Poción Mágica del Druida Panoramix (Thierry Lhermitte), pueden enfrentarse a sus enemigos sin ser derrotados… hasta el momento.

Porque, lamentablemente, César parece haber encontrado una solución a sus problemas. Gracias a la inteligencia de la joven Métadata (Anaïs Demoustier), sobrina del legionario Fastanefurius (Fred Testot), han desarrollado un nuevo plan: utilizar la ley de los galos y, específicamente, la tradición del Combate de los Jefes, para que un jefe galo fiel a los romanos rete al jefe de la aldea gala, Abraracurcix (Grégoire Ludig), y por fin puedan hacerse de dicho bastión rebelde. Para eso, tienen que deshacerse de Panoramix de esa forma los rebeldes no contarán con la poción y por ende, serán incapaces de ganar el combate.


Eso último resulta… a medias. Porque luego de que a Panoramix le cae un menhir encima, en vez de morir, simplemente pierde la memoria y se vuelve un poco loco. Lo cual evidentemente es un problema, y motiva a nuestros héroes, el pequeño Astérix (Alain Chabat), y el gigante y súper fuerte Obélix (Gilles Lellouche) a encontrar una solución para su problema. Pero esto, evidentemente, termina siendo más difícil de resolver de lo esperado, especialmente teniendo en cuenta que el César ha encontrado rápidamente a un jefe galo que manipular: Aplusbégalix (Grégory Gadebois) se muere por ser romano (a pesar de ser originalmente galo), y no tiene ningún problema con participar del Combate de los Jefes.

Nuevamente: los fans de los cómics la pasarán bien con Astérix y Obélix: el combate de los jefes justamente por lo bien que adapta la historia original, pero los espectadores neófitos también se vacilarán gracias a lo entretenida que es la serie. Los episodios son breves, rápidos y enérgicos, los chistes son frecuentes y, como debe ser, los juegos de palabras no podrían ser más graciosos. ¿Cómo no dejarme cautivar por una serie que incluye a personajes romanos con nombres como Métadata, Mileycirus o Annabarbera, o un chiste que vincula la palabra Netflix con el sufijo con el que cuentan todos los nombres de los galos? (Incluso hay un personaje que pasa de llamarse Unmillóndevistus a Unmillóndeclix… ¡ja!) Es todo muy entretenido y absurdo.


Todo esto es apoyado, felizmente, por animación de muy buena calidad. Los personajes lucen tal y como los recordamos, y se mueven todos de forma caricaturesca y enérgica. Los ambientes están suficientemente detallados, las escenas de combate son satisfactorias, y como no podía ser de otra forma, Chabat se deleita en incluir parodias inesperadas. Es así que terminamos con una breve sátira del póster oficial de Star Wars: Los Últimos Jedi, una referencia a la pelea final de Avengers: Endgame, y una representación colorida de lo que significa toma la Poción Mágica. Además, hay toques totalmente excéntricos, como cuando un demente Panoramix alucina con su propio show de marionetas (¿por qué no?), o cuando se abre todo un parque temático alrededor del coliseo donde se lleva a cabo el Combate de los Jefes (con montañas rusas y todo).

Es así, pues, que la serie animada de Astérix y Obélix: el combate de los jefes logra manejar el mismo tono absurdo y lleno de chistes ridículos de los cómics originales, mezclándolo con juegos de palabras geniales, personajes secundarios muy graciosos, una animación de gran calidad, nuevas parodias, y personajes que destacan por lo bien que han sido construidos (resaltan Métadata, una romana inesperadamente gentil, y la amistad entre Astérix y Obélix, por supuesto). Como fan de estos personajes, la pasé muy bien con Astérix y Obélix: el combate de los jefes. Pero estoy seguro de que aquellos que poco sepan de este universo igual se divertirán con la serie. ¡Espero que Netflix y Chabat se animen a sacar una nueva temporada basada en otro de los cómics!

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CRÍTICA: Ted (Temporada 2)

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Si la primera temporada de la serie de Ted fue una experiencia hilarante y, en ciertos momentos, superior a las películas (o al menos a la segunda), esta nueva temporada no hace más que consolidar todo lo que se estableció antes. En vez de siete episodios, tenemos ocho. En vez de simplemente mezclar humor absurdo con personajes reconocibles, tenemos historias increíblemente graciosas, sorprendentemente emotivas y que no tienen miedo de tocar temas algo fuertes. Y aunque —lamentablemente— Seth MacFarlane ya ha confirmado que la tercera temporada probablemente jamás saldrá, el show nos deja con la esperanza de que más aventuras podrían narrarse con estas versiones de sus protagonistas. ¡Solo queda cruzar los dedos!

La segunda temporada de Ted comienza poco después de la primera y no ha cambiado mucho. Johnny (Max Burkholder) sigue siendo virgen, sigue sin tener novia, y esta vez, está en su último año de colegio. Ted (voz de MacFarlane) sigue siendo un osito de peluche sarcástico y grosero, pero de buen corazón. Blaire (Giorgia Whigham) sigue viviendo en la casa de Johnny, y los padres de este último, la amabilísima Susan (Alanna Ubach) y el súper conservador veterano de Vietnam Matty (Scott Grimes) mantienen la misma relación de siempre. Incluso más que la temporada anterior, esta se siente como una serie de aventuras inconexas, sin ninguna narrativa que lo vincule todo. ¿Pero saben qué? Ese no es un problema en absoluto.


Porque al final del día, uno ve una serie como Ted para matarse de risa, y eso es precisamente lo que sucede acá. Con los personajes ya bien establecidos, al igual que sus relaciones, la temporada hace un excelente trabajo desarrollando momentos de humor absurdo, relevante o hasta ligeramente ofensivo, los cuales, sin embargo, nunca se perciben como algo hecho únicamente para molestar a ciertos espectadores. Cuando alguien les diga que ya no se puede bromear sobre nada (lo cual, evidentemente, es mentira), les sugiero que le enseñen esta serie. Ted no tiene miedo de ser grosera, pero a la vez nunca se siente como una producción malintencionada, lo que la vuelve divertida en lugar de frustrante.

Consideren, además, que buena parte del humor se deriva de las diferencias de opinión entre personajes como Matty (que representa el machismo, sexismo, racismo y ultraconservadurismo), Susan (una ama de casa tradicional pero muy gentil y hacendosa), y Blaire (la progresista rebelde y queer, siempre consciente de los problemas del mundo). Si Ted parece tomar partido, evidentemente es porque está del lado de Blaire, pero nada de eso convierte las discusiones entre los tres personajes (con Johnny y Ted de espectadores, básicamente) en algo tedioso. Más bien, cada escena en el comedor de la casa resulta en chistes verdaderamente hilarantes. ¿Qué otra serie se tomaría tanto tiempo hablando sobre lo gay (no no gay) que resulta comer huevos antes, durante y después de ciertos horarios? Es todo tan ridículo que resulta divertido y jamás ofensivo.


Adicionalmente, por más que la temporada consista únicamente en ocho episodios (en gran parte, me imagino, por lo cara que resulta realizar el show), igual cuenta con historias absolutamente memorables. De entre ellas destacan el episodio dedicado enteramente a una campaña de Dungeon and Dragons (súper fiel a las reales, dicho sea de paso); el capítulo donde Susan va a la cárcel (¡!) y, con su bondad, logra hacer de aquel lugar un sitio mejor; y por supuesto, la escena (algo controvertida) en la que MacFarlane interpreta a Bill Clinton con un poco de ayuda del DeepFake. La escena en sí es muy graciosa, pero entiendo por qué algunos espectadores podrían encontrar que Clinton luce algo… perturbador.

Podría listar más momentos chistosos de la temporada, pero lo mejor que pueden hacer es ir a Universal Plus (o, me imagino, alguna web alternativa) y ver Ted. Contrario a lo que se podrían haber imaginado, se trata de una serie tanto graciosa como emotiva, donde la mayoría de personajes brillan, contrastando perfectamente con el osito del título. Blaire tiene más que hacer acá que en la temporada anterior (y encima es partícipe de un episodio sobre el aborto, el cual se siente tanto relevante como importante), Susan es un pan de dios, y apariciones como las del Chico Jesús (que en esta ocasión ayuda a Johnny dándole una moneda para que use una máquina expendedora) terminan de cementar a Ted como una serie ridículamente memorable.


Al igual que en la temporada anterior, además, las actuaciones son todas excelentes, y ayudan a convertir a los personajes en íconos de la comedia. Max Burkholder sigue teniendo el trabajo difícil de interactuar con un oso digital, y lo hace perfectamente (me encanta, además, y también me da miedo, pensar que se supone que eventualmente tendrá que convertirse en Mark Wahlberg… ugh). Alanna Ubach es la ama de casa perfecta, convirtiendo a Susan en uno de los personajes más adorables y dulces de la televisión. Scott Grimes es desagradable e intenso como Matty, pero no por eso lo caricaturiza (consideren el episodio dedicado a sus ataques cardíacos). La Blaire de Giorgia Whigham sigue siendo la única voz de la razón en el show, y por supuesto, la presencia de Ted es invaluable (su mejor momento: cuando tiene un amorío con una mujer casada con un millonario).

Una pena, pues, que Ted no vaya a tener una tercera temporada. Lo que tenemos acá es una serie que combina la comedia ridícula, el humor vulgar y sexual, los personajes memorables y bien construidos, algo de emotividad y una pizca de comentario social y político, para generar risas, llantos y, bueno… más risas. Esta segunda temporada me gustó incluso más que la primera, y por lo que he estado viendo en redes, no creo ser el único. En un mundo perfecto, el show debería continuar, por más que la narración en off de Ian McKellen en el último episodio sea una despedida perfecta. La pasé muy bien con Ted, e igual seguiré cruzando los dedos para que tanto Universal como MacFarlane se animen a continuar la historia de este osito de peluche y su disfuncional familia humana.

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